LA PRIMERA GUERRA DE ÁFRICA (1859 – 1860)

Alarde militar español ante Marruecos y la opinión pública mundial, que acabó con “una paz chica para una guerra grande”.

La guerra de África de 1.859-1.860, fue un acontecimiento importantísimo durante el siglo XIX.
Fue una de las escasas guerras del siglo , en las que los españoles no se enfrentaron entre si.
El fervor popular que produjo este conflicto, es algo inimaginable hoy en día.

Guerra de África
22 de octubre de 1859 – 26 de abril de 1860
Lugar: Norte de Marruecos
Resultado: Victoria española
Beligerantes
Reino de España-Sultanato de Marruecos
Generales Españoles
Leopoldo O’Donnell, Segundo Díaz Herrero, Juan Prim y Prats
Juan Zavala, Antonio Ros de Olano
Contra 
Muley el-Abbás
Fuerzas en combate
Ejército expedicionario Español
40.000 soldados, 65 piezas de artillería, 41 navios
Ejército Real Marroquí
• 140.000 efectivos
Bajas
4.000 Españoles – 6.000 Marroquíes


Entre los años 1843 y 1844 las ciudades de Ceuta y Melilla sufrieron una serie de ataques por parte de fuerzas marroquíes. En 1844 un agente consular español fue asesinado en Marruecos. El general Narvaez, presidente del gobierno español, protestó ante el sultán Muley Soleiman de forma tan enérgica que casi se llegó al borde de la guerra. Inglaterra medió en la disputa y logró que el sultán firmara en Tanger un acuerdo con España el 25 de agosto de 1844, que fue posteriormente ratificado por el Convenio de Larache el 6 de mayo de 1845, en el que, entre otros acuerdos, se fijaron los límites de la ciudad de Ceuta.

A pesar de la firma del convenio, las ciudades de Ceuta y Melilla continuaron sufriendo constantes incursiones por parte de grupos marroquíes. A ello se unía el acoso a las tropas destacadas en distintos puntos, sobre todo en 1845, 1848 y 1854. Las acciones eran inmediatamente repelidas por el ejército, sin que éste pudiera internarse en territorio marroquí en persecución de los agresores, por lo que la situación se repetía de forma habitual. De esta forma, el gobierno español decidió dar un golpe de efecto para frenar los ataques marroquíes e invadió sin previo aviso las islas Chafarinas en 1848.

Las islas Chafarinas se encuentran a 27 millas al este de Melilla. Habían estado desabitadas desde siempre, siendo consideradas como “res nulius” o tierra de nadie. El general Narvaez ordenó su ocupación, por lo que el 6 de enero de 1848 tropas españolas procedentes de Melilla y Málaga desembarcaron en el archipiélago, adelantándose con ello en seis horas a los planes de ocupación que los franceses iban a poner en ejecución. A partir de entonces se iniciaron una serie de encuentros entre ESpaña y Marruecos que culminaron en 1859 con la firma del Convenio de Tetuán, donde se pretendía poner fin a los problemas fronterizos entre ambos países.

Simultáneamente, España decidió materializar la defensa de los límites de Ceuta pactados en el Convenio de Larache mediante la construcción de una serie de fuertes. El 11 de agosto de 1859, el destacamento español que custodiaba la construcción del cuerpo de guardia de Santa Clara en el campo exterior fue objeto de agresiones por parte de los rifeños de Anyera, que destruyeron parte de las fortificaciones y arrancaron y ultrajaron el escudo de España. El 24 de agosto los marroquíes repitieron la misma acción hostil. Cuando la noticia llegó a la Península, una ola de indignación recorrió el país.[01].

<- El general don Leopoldo O’Donnell, presidente del Gobierno español en aquel momento, pensó llegado el momento de colocar a España de nuevo entre las potencias de primer orden, por lo que no quiso perder la oportunidad de obtener una victoria militar fulminante [02]. Para ello, exigió al sultán de Marruecos, Muley Mohamed, un castigo ejemplar para los agresores. El 5 de septiembre el cónsul español de Tánger presentó un ultimatun a Marruecos: exigió la reposición de los destruidos escudos fronterizos de España, que fueran saludados por las tropas del sultán, y que los autores del hecho fueran castigados en Ceuta ante la guarnición española. El documento finalizaba con estas palabras:

“Si S.M. el Sultán se considera empotente para ello decidlo prontamente y los ejércitos españoles, penetrando en vuestras tierras, harán sentir a esas tribus bárbaras, oprobio de los tiempos que alcanzamos, todo el peso de su indignación y arrojo.”

Poco después el sultán falleció, y su hijo Mohamed Abdalrahman nunca cumplió el requerimiento del presidente del gobierno español. La respuesta dada por Marruecos fue difusa y ambigua. El general O’Donnell era un hombre de gran prestigio militar. La agresión marroquí sobrevino justo en el momento en el que estaba en plena expansión su política de ampliación de las bases de apoyo al gobierno de la Unión Liberal, consciente también que desde la prensa se reclamaba con insistencia una acción decidida del Ejecutivo, O’Donell propuso al Congreso de los Diputados la declaración de guerra a Marruecos el 22 de octubre. Por ello su gobierno se movió con rapidez y consiguió apoyos diplomáticos en el resto de países europeos, utilizando argumentos de honor mancillado y falta de seguridad en sus fronteras.tras recibir el beneplácito de los gobiernos francés e inglés, a pesar de las reticencias de este último por el control de la zona del estrecho de Gibraltar y que al final debilitarían la posición española al terminar el conflicto.

El desarrollo de la guerra

La reacción popular fue unánime. Toda la sociedad española acogió la guerra con entusiasmo. La Cámara aprobó por unanimidad la declaración y todos los grupos políticos, incluso la mayoría de los miembros del Partido Democrático, apoyaron la intervención.

En Cataluña y el País Vasco se organizaron centros de reclutamiento de voluntarios para acudir al frente, donde se inscribieron muchos carlistas, la mayoría procedía de Navarra. En un proceso de efervescencia patriótica como no se había dado desde la Guerra de la Independencia. El presidente de la Diputación de Barcelona, Victor Balaguer, organizó un Tercio de Voluntarios que se pondría directamente al mando del general Prim

El ejército expedicionario, que partió de Algeciras, estaba compuesto por treinta y seis mil hombres, sesenta y cinco piezas de artillería y cuarenta y un navíos entre buques de vapor, de vela y lanchas. O’Donnell dividió las fuerzas en tres cuerpos de ejército en los que puso al frente a los generales Juan Zavala de la Puente, Antonio Ros de Olano y Ramón de Echagüe. El grupo de reserva estuvo bajo el mando del general Juan Prim. El almirante Segundo Díaz Herrero fue nombrado jefe de la flota.

Los objetivos fijados eran la toma de Tetuán y la ocupación del puerto de Tánger. El 11 de diciembre de 1859, tras 40 días del comienzo de las hostilidades, el Tercer Cuerpo de Ejército, al mando del Teniente General Ros de Olano, embarcó en el puerto de Málaga en 19 naves que le condujeron a Ceuta [03]. El 17 de diciembre se desataron las hostilidades por la columna mandada por Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O’Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21. El 25 de diciembre de aquel año, los tres cuerpos de ejército habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.


Avance del ejército español en Marruecos desde Ceuta (1859-60) Click en la imagen para ampliar). 

El 1 de enero de 1860, el general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Los ataques continuaron hasta el 31 de enero, en que fue contenida una acción ofensiva marroquí, y O’Donnell comenzó la marcha hacia Tetuán, con el apoyo de los voluntarios catalanes.

Recibía la cobertura del general Ros de Olano y de Prim en los flancos. La presión de la artillería española venció a las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó el día 6 de febrero.

El 1 de enero de 1860 se libró la batalla de Castillejos, que resultó la primera victoria española el campo abierto. El general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo al flanco del general Zabala y el de la flota, que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. En el momento más crítico de la batalla el general Prim se lanzó hacia las filas enemigas enarbolando la bandera de España, arrastrando con su acción a los soldados del Regimiento de Córdoba.

Las refriegas continuaron hasta el 31 de enero, dia en que fue contenida una acción ofensiva marroquí y se logró una nueva victoria en el Monte Negrón, abriéndose con ello el camino del Ejército Expedicionario hacia Tetuán. El avance español fue detenido por las tropas marroquíes el 4 de febrero, dando lugar con ello a la batalla de Tetuán. Los combates tuvieron lugar los días 4 y 5 de febrero. Los españoles recibían la cobertura de los generales Ros de Olano y Prim en los flancos. La presión de la artillería española desbarató las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó en manos españolas el día 6 de febrero. Ese días los voluntarios catalanes izaron la bandera de España en la alcazaba de la ciudad.

Alcanzado el primer objetivo, comenzaron los preparativos para la consecución del segundo: la ciudad de Tánger. El ejército se vio reforzado por las unidades voluntarias vascas, con gran número de carlistas, que en un número aproximado de unos 10.000 hombres más, desembarcaron durante el mes de febrero hasta completar una fuerza suficiente para la ofensiva del 11 de marzo.

El 11 de marzo se libró el duro combate de Samsa. Los españoles se enfrentaron esta vez a muchedumbres de cabileños del Rif, llegados expresamente de sus montañas para demostrar a los flojos tetuaníes y a los miedosos “moros del Rey” cómo se combatía para echar a los cristianos al mar. Sin embargo, tampoco ellos lograr frenar el avance español.

Los españoles prosiguieron su marcha hacia Tánger, donde se encontraba el sultán en esos momentos. El día 23 de marzo las tropas españolas, dirigidas por los generales Rafael Echagüe, Antonio Ros de Olano y Joan Prim, vencieron contundentemente a las fuerzas marroquíes en la batalla de Wad-Ras. La victoria militar española aplastó a las tropas del Sultán. El generalísimo marroquí Muley el Abbas, hermano del Sultán, prefirió capitular ante los españoles antes que correr el riesgo de cerrarles el paso del Fondak de Ain Yedida y, con él, el paso hasta Tánger.

Tras un periodo de armisticio de 32 días, el 26 de abril se firmó en Tetuán el Tratado de Wad-Ras.

TRATADO DE WAD-RAS (26 de abril de 1860) 

El tratado de Wad-Ras puso fin a la guerra. Fue firmado en Tetuán el 26 de Abril de 1860. Por el tratado, se declara a España vencedora de la guerra, y Marruecos es declarado perdedor y único culpable de la misma. A pesar de la victoria lograda, España no logró ninguna expansión territorial ni ventaja importante, pues ni Francia ni Inglaterra lo consintieron. El acuerdo, calificado popularmente como una “paz chica para una guerra grande”, estipuló lo siguiente:

·Se ratificó el convenio firmado el 24 de agosto de 1850 sobre el dominio de la plaza de Melilla a perpetuidad, que vió aumentado su perímetro fuera del área fortificada mediante el establecimiento de una zona de seguridad alrededor de la ciudad y de una zona neutral, y de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas.

·Se aumentó el área de dominio de Ceuta y sus alrededores a perpetuidad, incluyendo todo el territorio que iba desde el mar, pasando por los altos de la Sierra de Bullones, hasta el barranco de Anghera.

·El cese de las incursiones a Ceuta y Melilla. Para ello España consiguió que se instalase un caid del Sultán al mando de una mehal-la armada frente a las ciudades de Ceuta y Melilla con misiones de policía.

·Marruecos reconocía la soberanía de España sobre las Islas Chafarinas.

·Marruecos aceptó el pago a España de 400 millones de reales (100 millones de pesetas), en concepto de indemnización de guerra. Era evidente que esta suma no se llegaría a cobrar nunca en su totalidad; y cuando se pactó el 20 de noviembre de 1861 un tratado de comercio que declaraba a España como “nación más favorecida”, el mismo fue aprovechado por otros países mejor preparados para beneficiarse de sus cláusulas.

·España recibía a perpetuidad el territorio alrededor del fortín de Santa Cruz de la Mar Pequeña (posteriormente denominado Sidi Ifni), frente a las islas Canarias, para establecer una pesquería en el asentamiento de una antigua factoría española creada en la zona en época de Isabel la Católica.

·Tetuán quedaría bajo administración temporal española hasta que el sultanato pagase las deudas a España. A pesar de ello, las tropas españolas evacuaron Tetuán dos años y tres meses después de la firma del tratado, en julio de 1862.

·España recibió autorización para que sus misioneros pudieran instalarse en Fez y para construir una iglesia frente al Consulado de España en Tetuán.


Carga de la Batalla de Castillejos, por Ferrer-Dalmau.

La situación de España a mediados del siglo XIX no era nada halagüeña. Desde el año 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, el país había vivido en un constante estado de tensión; su empobrecimiento era evidente y su perdida de importancia entre las potencias europeas muy significativa. A esto había que ir añadiendo una serie de hechos que que dejaron al país convulso e inmerso en una desatada crisis interior.:

·La Guerra Carlista de 1833, conflicto interno que duraría hasta 1839 -y en Cataluña hasta 1840-.
·La revolución de 1840, que propiciaría la caída de la regente María Cristina.
·El pronunciamiento contra Espartero de 1841 por parte de O`Donnell y el levantamiento posterior contra el mismo que hubo en Barcelona un año después.
·Los brotes republicanos de la Ciudad Condal de 1843.
·La llamada “rebelión de los esclavos” de 1844 en la isla de Cuba.
·El comienzo en 1846 de la guerra de los “matiners” en Cataluña (segunda Guerra Carlista), -conflicto que duró tres años-.
·Los pronunciamientos esparteristas 1844-46.
·El atentado contra Isabel II de 1852.
·El pronunciamiento militar de 1854 de Vicálvaro.

Así, en esta situación, la perspectiva de buscar un enemigo exterior, un enemigo que pudiera compilar todos los sentimientos dispares del país centrándolos únicamente en su amenaza, podía ser la solución idónea para mitigar y envolver la oscura situación de España en ese preciso momento.

El fervor que despertó la guerra de Marruecos reportó escasos beneficios territoriales y económicos, y costó muchas vidas. Aunque O`Donnell dijo de la guerra, una vez concluida, que “consiguió levantar a España de su postración”, tuvo un costo demasiado elevado; más de 7.000 muertos por el bando español (2/3 partes de los mismos a consecuencias de una epidemia de cólera y la temible disentería). Aunque se trata de un ejemplo clásico de “guerra de honor”, palabras que definían en la época un conflicto sin demasiado interés económico, hay que apuntar que, desde la perspectiva histórica del siglo XXI, no sirvió para gran cosa, pues ni se resolvieron los problemas internos del país ni España aumentó su prestigio internacional.
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Notas

[01] La Gazeta Militar: “¡Al África debe dirigirse la voz de la civilización! ¡Al África el ruido de las armas y las batallas!”. La España (periódico liberal): “La providencia parece no solo llamarnos, sino empujarnos a cumplir nuestro destino”. Emilio Castelar: “Nuestra espada debe abrir el camino de la civilización en África”. 

[02] General O´Donnell: “Si hemos de ir al África, si la guerra se hace indispensable, es necesario llevar todos los medios de triunfar, es necesario llevar aprestos, es necesario llevar hospitales, es necesario llevar los recursos indispensables para asegurar la victoria”.

[03] El cronista y dibujante Charles Yriarte describió así el momento de la partida de las tropas: “La muchedumbre llenaba los muelles; volteaban las campanas, una banda militar tocaba la “Marcha Real”, los vítores de la multitud se mezclaban con el silbido de las locomotoras. Desde lo alto del muelle el obispo de Málaga bendecía las naves y las tropas; a su alrededor, la multitud devota se arrodillaba rogando por los que partían y que quizá nunca más volverían a ver tierra española.” 

[04] Un cronista español de la época veía así al ejercito marroquí: “El ejército se compone en su mayor parte de negros, en número de cinco o seis mil, y los judíos tienen prohibida su entrada en el mismo. También se compone de negros la guardia del sultán, sea porque tenga en ellos más confianza, o por la reputación de que gozan de valientes. Además, cada “cabila” o partido suministra sus compañías y llevan su pendón de distinto color, colgado de un astil, que determina por una esfera dorada o plateada de 3 ó 4 pulgadas de diámetro. No se obliga a nadie a entrar en la milicia, ni a ir a la guerra … pero por su carácter naturalmente belicoso, a la primera orden del Monarca pueden en poco tiempo reunirse 100.000 hombres armados, porque todos los moros tienen armas, no habiendo leyes prohibitivas sobre el particular … Cinco mil infantes, cuarenta mil caballos, seis u ocho piezas de artillería, he aquí la proporción que en sus ejércitos guardan las diferentes armas … La infantería, base y nervios de nuestros ejércitos (los españoles), desempeña entre los moros un papel casi insignificante. La artillería, reputada por el arma decisiva de los combates, es casi desconocida entre los marroquíes, y el poco unos que hacen de ella lo deben a los renegados… En cuanto el sistema administrativos, hay poco que decir. Son muy pocos los soldados que tienen señalada una paga mensual, corriendo en tal caso con su manutención. En su defecto, el Sultán, de tiempo en tiempo y sin regla alguna, acostumbra a distribuir gruesas sumas de dinero entre los diferentes cuerpos, que sentados en el suelo se las reparten por igual, sin más fuerza ni razón. El mismo método se sigue en cuanto a los caballos, vestuarios y babuchas, que da Su Majestad cuando le place. Sin embargo, casi todos los meses hay lo que se llama “almona”, y consiste en el reparto de trigo, cebada, aceite y demás que los pueblos en contribución; la cual, como en toda el África, consiste en el diezmo de los frutos. Con esto se mantienen las tropas, menos cuando están en campaña, porque entonces todos los “aduares” y hasta el más retirado campesino, acuden a la primera orden del Bajá, con su porción de cebada, pan, gallinas, carneros, lecha y manteca de vaca; de modo que las tropas no sólo viven en la abundancia, sino que derrochan, habiendo más o menos orden en el reparto y consumo, según el buen sentido, o el arbitrario manejo de los Bajás…”

Fuentes

Diario de un testigo de la Guerra de África (Pedro Antonio de Alarcón, 1880)
Crónica de la Guerra de África (Emilio Castelar y otros, 1859)

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