Krasny Bor y la División 250

El 10 de febrero de 1943 se produce en los arrabales de Leningrado la batalla de Krasny Bor. Fue el más sangriento enfrentamiento en el que intervino la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul, en la cual 5.900 españoles equipados con armamento manual hicieron frente a 44.000 soldados del Ejército Rojo, repartidos en 4 divisiones, y apoyados por gran cantidad de artillería y tanques. Se produjeron casi 4.000 bajas entre los voluntarios españoles de la División Azul. El Ejército Rojo había tomado Krasny Bor, pero fue una victoria pírrica. Los 11.000 fallecidos en la operación ‘Estrella Polar’ se sumaría al millón de soldados soviéticos muertos en toda la batalla de Leningrado y el frente seguiría estable un año más.

Krasny Bor fue una batalla que tuvo lugar el 10 y 11 de febrero de 1943, cuando en el sector del frente de Leningrado defendido por la División Azul, recibió el ataque de todo un Ejército ruso compuesto de 4 Divisiones. 5.900 soldados españoles neutralizaron completamente la ofensiva rusa, que atacaron con 44.000 soldados, 100 carros y 800 cañones.

Objetivos soviéticos

En el contexto de la Operación Estrella Polar, y para poder dominar tanto la carretera como el ferrocarril que comunican Moscú con Leningrado, pretenden quebrar el frente en el sector de unión entre españoles y alemanes, avanzando la 43ª División sobre la línea férrea, barriendo a la División Azul y abriendo una brecha hasta Krásni Bor. La eliminación del grueso de las fuerzas españolas quedaba a cargo de las divisiones 63ª y la 45ª.

La 72ª División forma el ala más occidental del ataque, con el objetivo de alcanzar las alturas de Putrolovo para desde allí llegar al río Ishora por su ala izquierda, mientras que la derecha, una vez sobrepasada la carretera, giraría hacia Krasny Bor envolviendo la segunda línea española. Una vez eliminada la resistencia, avanzarían hacia el sur evitando las impenetrables masas boscosas y girando luego hacia el este para así romper el cerco de Leningrado en la conocida como Operación Arco Iris. Para ello contaban con más de 33 000 hombres en la madrugada del 10 de febrero.

La División Azul

La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. El único corredor para hacer llegar comida y combustible a la ciudad era el congelado lago Ladoga, el ‘camino de la vida’.

La 250. Einheit spanischer Freiwilliger llegaría al sector de Krasny Bor en otoño de 1942. En enero del siguiente año, mientras caía el kessel alemán de Stalingrado, el ejército soviético logró conquistar un pequeño corredor por tierra hasta Leningrado. La operación ‘Estrella Polar’, continuación de la ‘operación Chispa’, debía ampliar este camino y romper rápidamente las líneas de la División Azul para envolver al 18 Ejército alemán. La ‘Blau division’ lo evitó.  La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.

La División Azul se comportó en el combate igual que las mejores unidades alemanas. No cometieron crímenes ni  matanzas. Aunque los soviéticos acusaron a la división de crímenes de guerra, el trato de los voluntarios a los civiles rusos fue en general correcto, incluso afectuoso y correspondido por los paisanos, que a menudo los protegían frente a los partisanos; tampoco hubo crueldades con los prisioneros, aunque en algunos casos extremos los divisionarios no admitieran la rendición de enemigos.

Con los alemanes no faltaron roces y malentendidos, por la altanería de algunos mandos teutones, o por el abandono de estos en Krasny Bor. Pero prevaleció ampliamente la camaradería y el respeto mutuo.

Los soldados españoles combatieron en Rusia al comunismo con decisión y siempre contra un enemigo muy superior, provocando la admiración de los oficiales alemanes y de Hitler.

Conocido es el desprecio que tenía Hitler hacia los españoles, nos consideraba un pueblo mestizo e inferior pero tuvo que reconocer que los españoles eran excepcionales:

“Los españoles son un puñado de guarros. Contemplan el fusil como un instrumento que no debería ser limpiado bajo ningún pretexto. Sus centinelas sólo existen en teoría. No ocupan sus posiciones, o si lo hacen, se duermen. Cuando llegan los rusos, los nativos tienen que despertarlos. Pero los españoles no han cedido nunca una pulgada de terreno… No puedo imaginar a personas más valientes, apenas se cubren, desafían a la muerte. Sé que, de todas formas, nuestros hombres están siempre encantados de tener a los españoles como vecinos en su sector. Extraordinariamente valientes, duros contra las privaciones pero terriblemente indisciplinados”. Adolf Hitler

Disgregación de unidades soviéticas encuadradas en el 55º Ejército Soviético. 44 000 soldados

Comandante: General V. P. Sviridov

  • 43ª División de infantería .46ª División de infantería .56ª División de infantería .72ª División de infantería .14º Regimiento de infantería .133º Regimiento de infantería .141º Regimiento de infantería .9º Regimiento de artillería .131ª División de infantería .268ª División de infantería .45ª División de Guardias fusileros .63ª División de Guardias fusileros .56ª Brigada de fusiles .250ª Brigada de fusiles .122ª Brigada acorazada .31º Regimiento acorazado .34ª Brigada de esquiadores .35ª Brigada de esquiadores .187 baterías de artillería de todos los calibres en formaciones artilleras independientes .2 Batallones independientes de morteros y lanzacohetes. 2 Batallones independientes contracarro equipados con cañones antitanque de 76,2 mm

Disgregación de unidades españolas con apoyo del XVIII Ejército Alemán 5300 hombres, 4500 soldados y 800 mandos

 Comandante: Emilio Esteban Infantes

250º Batallón de reemplazo 262º Regimiento (3 batallones). Compañía de esquiadores. 250º Batallón de Reconocimiento. 1º Batallón de Artillería (3 baterías) con cañones de 10,5 cm . Una batería del 3º Batallón de Artillería con cañones de 10,5 cm. 250º Batallón antitanque con cañones contracarro de 37 mm Pak36. Grupo de zapadores de asalto. Una compañía independiente de cañones antitanque con cañones contracarro de 75 mm Pak40

Las siguientes unidades no prestaron apoyo a la 250

  • 4° División SS Volkspolizei • 212º Grupo de combate de la división de infantería • 215º Grupo de combate de la división de infantería • Grupos de combate de las 11ª, 21ª, 227ª divisiones de infantería • Legión voluntaria de las SS Flandes (2 compañías) • Legión voluntaria de las SS Lituania (2 compañías)

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 Ante semejante alarde, los españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas.

La Batalla

6:10. La artillería española abre fuego contra las líneas soviéticas pero no responden al fuego.

 Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.

6.45. Comenzó la preparación artillera soviética. Unas 800 piezas de artillería abren fuego simultáneamente sobre los 5 km de las primeras línea de las fuerzas españolas. El ataque artillero superó todo lo imaginado. Kolpino fue un volcán en erupción que convirtió a Krasny Bor en el Infierno. La tierra tembló, se hundieron las trincheras y se dejaron de oír los teléfonos.

7:15 la aviación soviética ( la Parrala, como la denominaba los españoles, porque no sabían por dónde aparecería) hizo su aparición: 30 bombarderos y 20 cazas (de los algo más de 100 aviones que el 13º Ejército Aéreo soviético del general Rybalichenko lanzó contra el Lº Cuerpo alemán ese día) atacaron los objetivos que la artillería no había logrado anular en el sector de los españoles.

8:40. Después de dos horas de martilleo, las piezas soviéticas dejaron de machacar la primera línea y alargaron su tiro. Todo el mundo sabía lo que eso significaba: empezaba el asalto. La frecuencia de disparo, un proyectil cada 10 segundos por pieza y durante 2 horas. La preparación no pudo ser más intensa. Fueron decenas de miles de proyectiles.

Acto seguido, cuatro divisiones del Ejército Rojo, acompañadas por carros KV-1 y T-34, se lanzaron sobre las castigadas líneas españolas. El objetivo soviético era romper el frente en poco tiempo y envolver a los alemanes. El invierno en Leningrado es muy frío y anochece prontísimo. Sin embargo, la Stavka fracasó.

8:45. Comienza el asalto de la infantería. Después de la intensa preparación artillera, 4 divisiones soviéticas de infantería la 43ª, 45ª, 63ª y 72ª, con un total de 44 000 hombres, apoyadas por el 31º y 46º Regimientos acorazados que comprendían casi 100 carros de combate KV-1 y T-34, dos batallones de cañones anticarro con piezas ZIS de 76 mm, la 35ª Brigada Motorizada y las 34ª y 250ª Brigadas de Esquiadores se lanzan, escalonadamente, contra las ya débiles líneas españolas.

Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.

 Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen a unos 100 metros para disparar a discreción. La diferencia de recursos era enorme, a cada batallón español se las veía con más de una división rusa. La fuerza del combate era terrible, los españoles estaban clavados al terreno y habían decidido luchar hasta el final.

Las ametralladoras de la división Azul, estaban al rojo vivo, eran oleadas y oleadas inmensas, parecían manadas de bisontes, se llegó al cuerpo a cuerpo. Momentos llenos de valor y heroísmo.

Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.

12:00, los soviéticos rompen el frente por tres sitios, pero las compañías de la 250 Divª. Siguen resistiendo esperando los refuerzos alemanes que no llegan. La 4ª División SS Volkspolizei está inmovilizada a pocos km, esperando un ataque ruso. Los voluntarios luchan hasta el final.

La situación era terrible, los soldados no podía resistir el empuje de los soviéticos. El general ordenó la vuelta del Batallón de Regreso que estaba a 20 kilómetros, a punto de salir para España. Regresó para ayudar a sus compañeros.

 La compañía del Capitán Oroquieta quedó aniquilada; la del Capitán Palacios, casi; la del Capitán Andújar, diezmada, y la del Capitán Huidobro se defendió numantinamente animada por sus voces de “¡Esto no es nada, chicos. ¡No pasarán! ¡Somos españoles!”. El Capitán Losada llegó a pedir a la artillería propia “Fuego sobre mi posición”. Las posiciones quedaron rodeadas, aisladas y machacadas, pero seguían frenando el avance soviético.

El ataque soviético ya había perdido su ritmo. El asalto a la primera línea defensiva española, había sido mucho más duro y prolongado de lo previsto. Se esperaba romper el frente en “un minuto” , pero los rusos necesitaron horas de duro pelear. El error táctico consistió en intentar acabar definitivamente con la resistencia española. Hubiera sido más eficiente haberlos rebasado y no perder mucho tiempo. En diciembre las horas de luz eran tan escasas, cada minuto de retraso era un grave contratiempo y en realidad se habían perdido horas.

Los mandos soviéticos estaban que echaban chispas. Nada había salido de acuerdo a lo planeado. Cuando Simoniak, hacia las 12’00, comunicó que ya controlaba Krasny Bor, Sviridov creyó que la jornada iba a acabar victoriosamente. Pero desde ese momento todas las noticias empezaron a ser malas. No había forma de desalojar a los españoles del sector meridional de Krasny Bor y el avance era demasiado lento.

Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.

Las bajas españolas fueron enormes y se dio orden de recuperar a toda prisa la capacidad de combate de la División. Se pidió el envío urgente de Jefes y Oficiales. En cuanto a la tropa, en aquellos momentos dos Batallones de Marcha estaban en camino desde España hacia Rusia. La División Azul se recuperó perfectamente de aquel duro golpe y se mantuvo en sus posiciones hasta octubre de 1943, en que recibió la orden de repatriación desde Madrid.

Conocidos posteriormente los detalles de las heroicas actuaciones individuales, se concedieron 3 laureadas y 11 Medallas Militares. Resaltar que de las 8 laureadas concedidas a la División Azul, 3 se consiguieron en esta batallas de 24 horas En esta batalla se produjo el 22 % del total de muertos que tuvo la División Azul en Rusia, que fueron un total de 4.954 muertos y 8.700 heridos.

“…Nos retiramos por la trinchera de evacuación y regresé con dos soldados más para recuperar parte de la munición y alimentos del búnker y destruir el resto. Tiramos bombas de mano como locos. Al retirarnos al enclave donde resistía Palacios, éste me dijo: “¡Salamanca, desde este momento eres Medalla Militar!”. Acto seguido acudí al sector del puesto de mando. Sólo quedaba operativo un fusil ametrallador, pero causó estragos.

Llegaban columnas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Pero hasta un ciego habría hecho blanco.

Toda la potencia de fuego de la máquina, 1.300 disparos por minuto, provocó una carnicería en las filas enemigas y nos mantuvo  con vida. No es que nuestro cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, tres veces cayó el soldado que la servía. Cuando un cuarto soldado me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?», decidí empuñar personalmente la ametralladora. Al cabo, los rusos acertaron con una granada de 120 que cayó ante el cañón. Salí despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que tenía también una herida de bala en la rodilla.

Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y los indemnes, agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entró al búnker: “De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros”. Los 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero sólo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevábamos.

El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética. Los 30 detenidos de Oroquieta, con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trató de atacarnos, pero el mongol las rechazó a culatazos.

Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber qué armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler. «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles maúser corrientes», nos informó el republicano español…

Teniente Ángel Salamanca.

El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.

 Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, “apenas se protegen y desafían a la muerte”, un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: “Los españoles, más que soldados, son guerreros”. Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.

Curiosidades

-Durante el invierno de 1941-42 no había comida, agua corriente, electricidad y el transporte público estaba cortado.

 -Durante el bloqueo, el único camino que comunicaba a la ciudad con el resto del país era una vía férrea, tendida a través del hielo que cubría el lago Ladoga, adyacente a la ciudad, denominado por los leningradenses “Carretera de la Vida”.

 -A pesar del peligro de las bombas, por esa vía fueron evacuados 1.376.000 habitantes, en su mayoría niños.

 -Entre 800.000 y un millón de civiles se calculan los muertos durante el asedio a la ciudad.

 -El día 10 de febrero de 1943 el Ejército Rojo arrasó al enemigo en la batalla de Krasny Bor, en la que murieron, en una única jornada, 2.500 españoles.

 -La Cuarta Compañía, republicanos que lucharon junto al Ejército Rojo, tenía 835 soldados, de los cuales 215 cayeron en combate.

 -600 españoles prisioneros de guerra quedaron retenidos en la URSS hasta 1955, cuando fueron repatriados.

 – El Sargento Salamanca al Capitan Palacios: Mi capitan se nos han acabado las municiones, ya no nos queda nada con que disparar.

Nieve, tirarles bolas de nieve ¡Por Dios!, tirales con algo.

← Capitan Palacios a Sargento momentos antes de ser hechos prisioneros.

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Lidia Osipova, trató a los españoles (agosto 1942-abril 1943) al ser la encargada de la lavandería española en Pavlovsk, cerca de Leningrado. En su diario hizo anotaciones sobre lo ocurrido durante la batalla y el comportamiento de la División Azul.

8 de enero de 1943.

“Algaradas entre los españoles y los alemanes. Estos habían golpeado a unas mujeres; los españoles salieron a la calle y comenzaron a agredir a todo alemán que encontraban en el camino; las peleas fueron auténticas. Como siempre en nuestro mundo loco, las acciones caballerescas no procedían del mando, sino de los simples soldados”.

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Diego Mexía de Guzmán y Dávila: 1er marqués de Leganés

Obtuvo numerosos títulos y dirimió algunos de los más delicados asuntos de Estado en la corte del cuarto Felipe. Diego Mexía Felípez de Guzmán, el Marqués de Leganés, injustamente olvidado por la historiografía hispana, contribuyó a impulsar el repoblamiento de la villa que lleva su nombre, actualmente una de las localidades de mayor relevancia y densidad de población de la capital española.

Educado como era menester para alguien de su posición, pronto comenzaría a rodearse de personas influyentes, además de su primo, y a frecuentar los ambientes cortesanos. En 1614 ingresó en la Orden de Santiago, donde acabaría siendo caballero de hábito Trece y Comendador Mayor de la Orden militar por excelencia en aquella España tan devota. Gracias a sus vínculos familiares su ascenso sería bastante rápido, lo que desataría las críticas contra su persona durante toda su vida. Según sus contemporáneos era una persona afable, de notable inteligencia y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos.

Diego era el hijo menor de Diego Velázquez Dávila y Bracamonte, marqués de Loriana, y de Leonor de Guzmán, tía del conde-duque de Olivares y desde 1600 luchó en los Países Bajos donde sirvió durante más de veinte años como oficial y gentilhombre de cámara del archiduque Alberto de Austria. Después de fallecer éste (1621), volvió a Madrid y gracias al apoyo de su primo y patrono Olivares, valido del rey Felipe IV, se convirtió en un hombre influyente y acaudalado. Olivares debió decidir bastante pronto promocionar la carrera de su pariente, en quien se conjugaba un carácter afable y no pocas cualidades administrativas y militares con un buen ojo para las artes; efectivamente, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes coleccionistas de pintura de su tiempo.

Diego se vio recompensado en 1627 con el título de vizconde de Butarque, nombre del arroyo en cuya vega se sitúa la localidad de Leganés, cuyo marquesado le fue otorgado el 15 de marzo de ese mismo año, aunque ya era dueño de la jurisdicción y derechos reales sobre la villa desde 1626. Siguiendo el ejemplo de su primo, valido del rey, añadió el apellido Felípez (Phelípez) en honor al monarca Felipe IV, pues ganarse el favor del soberano era el principal anhelo de la nobleza, y la mejor manera, claro está, de alzarse con títulos y rentas.

En junio de ese mismo año se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borbón, Polixena Spinola, hija de Ambrosio Spinola, cuya dote ascendió a la fabulosa suma de 200.000 ducados.

Gracias a su conocimiento sobre el terreno, en los círculos de la corte se le consideraba un especialista en lo referido a los Países Bajos. Por ello, el conde-duque recurrió a él en 1627 para que hiciera aceptar allí su proyecto de la Unión de Armas. Leganés llegó a Bruselas el 19 de septiembre y pasó las semanas siguientes negociando con los estados de las diversas provincias de los Países Bajos españoles. A finales de año, las provincias acordaron participar en la Unión, ofreciendo una contribución de 12.000 soldados de infantería pagados.

En su viaje de Bruselas a Madrid en enero de 1628 acompañado de su suegro, el general Ambrosio Spinola, ambos fueron recibidos en el campamento del rey Luis XIII de Francia situado ante La Rochelle teniendo la oportunidad de inspeccionar de cerca las operaciones de asedio contra los hugonotes acuartelados en la ciudad (véase Asedio de La Rochelle). En este encuentro ambos mantuvieron grandes discusiones secretas con Luis XIII y Richelieu, en el transcurso de las cuales tuvieron ocasión de confirmar sus temores de que Francia, a pesar de los problemas que tenía con los hugonotes y los ingleses, no tenía la menor intención de abandonar al duque de Nevers en sus pretensiones sobre Mantua

Felipe IV le concedió la Grandeza de España en 1634, declarada perpetua en 1640.

El 24 de septiembre de 1635 se le nombró gobernador y capitán general del Estado de Milán. En este puesto tuvo que hacer frente a la alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya que, apoyados por la Francia de Richelieu, pretendían mermar la supremacía española en Italia. Las tropas de Odoardo I Farnesio fueron derrotadas con facilidad, aviniéndose el duque a firmar la paz en 1637. En ese mismo año desalojó a los franceses comandados por Rohan del paso de la Valtellina y obtuvo algunas victorias gracias a la guerra civil desatada en Saboya a la muerte del duque Víctor Amadeo I.

En 1638 Leganés conquistó las fortalezas de Breme y Vercelli. En 1639 lanzó una gran ofensiva en el Piamonte conquistando gran número de fortalezas llegando a la ciudadela de Turín donde no pudo doblegar la resistencia de la regente Cristina de Borbón apoyada por los franceses.

En la primavera de 1640 trató de tomar la fortaleza de Casale pero la intentona fue impedida por las tropas francesas del conde d’Harcourt que hizo que la empresa de Leganés acabara en una trágica retirada: miles de hombres quedaron en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas.

En noviembre de 1641 le fue otorgado el mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes apoyados por Francia. A pesar de algunos éxitos iniciales en Tarragona, su estrepitosa derrota en la Batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en un cierto grado de desgracia hasta que a la caída en 1643 de su protector, el conde-duque de Olivares, fue relevado del cargo.

A pesar de todo esto, en 1645 fue nombrado virrey nominal de Cataluña y en 1646 defendió con éxito Lérida, que había sido conquistada en 1644 por el anterior virrey, Felipe de Silva, del ataque francés. Esta derrota supuso la destitución inmediata de d’Harcourt. Leganés permaneció en el puesto hasta 1648.

Fue nombrado presidente del Consejo de Italia tras el fallecimiento del conde Monterrey, (junio de 1653), anterior titular, ocupando el puesto hasta su muerte (febrero de 1655).

Curiosidades

Diego Mexía, amante del arte y mecenas –ver recuadro-, aunque en Juliers no ocupó puestos de gran relevancia, apareció en primer plano, a caballo, junto a Spínola en uno de los cuadros que decorarían más tarde el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, concretamente en la obra titulada La Rendición de Jüliers, pintada por Jusepe Leonardo de Chavacier. La razón de que ocupara aquel puesto de preeminencia en el cuadro se hallaba en que el conde de Bergh, quien sí participó activamente en la lucha y contribuyó notablemente a la victoria hispana, se convirtió en traidor a la Corona en 1632, antes de que se realizase el cuadro, y por tanto no podía formar parte de la flor y nata de la nobleza militar.

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El Sitio de Gibraltar. 1705

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El Último de Gibraltar. Augusto Ferrer-Dalmau

Fíjense vuesas mercedes que en aquesta guerra, llámanse a los piratas ingleses y holandeses, aliados. Mas todavía hay gentes que prefieren a los Habsburgo, aquésos que no fueron capaces de respetar el testamento de Carlos II y que aprovecharon esta Guerra “Mundial” para rapiñarnos media España. Sobre todo los de Saboya y los Habsburgo de Centroeuropa, los verdaderos dueños del Imperio, para ellos los réditos y para nos, las ratas.

… Una de las principales preocupaciones de los aliados era conseguir una base naval en el Mediterráneo para las flotas inglesa y holandesa. Su primera tentativa fue tomar Cádiz en agosto de 1702, pero fracasó. En la batalla de Cádiz un ejército aliado de 14 000 hombres desembarcó cerca de esa ciudad en un momento en que no había casi tropas en España. Se reunieron a toda prisa, recurriéndose incluso a fondos privados de la esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela de Saboya (que en el futuro sería conocida afectuosamente por los castellanos como «la Saboyana»), y del cardenal Luis Fernández Portocarrero. Sorprendentemente este ejército aliado fue rechazado, triunfando la defensa española.

Antes de reembarcar el 19 de septiembre, las tropas aliadas se dedicaron al pillaje y al saqueo del Puerto de Santa María y de Rota, lo que sería utilizado por la propaganda borbónica –según el felipista Marqués de San Felipe los soldados «cometieron los más enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes»– e hizo imposible que Andalucía se sublevara contra Felipe V tal como tenían planeado los austracistas castellanos encabezados por el almirante de Castilla.

Otra de las preocupaciones de los aliados era interferir las rutas transatlánticas que comunicaban España con su Imperio en América, especialmente atacando la flota de Indias que transportaba metales preciosos que constituían la fuente fundamental de ingresos de la Hacienda de la Monarquía española. Así en octubre de 1702 las flotas inglesa y holandesa avistaron frente a las costas de Galicia a la flota de Indias que procedía de La Habana, escoltada por veintitrés navíos franceses, que se vio obligada a refugiarse en la ría de Vigo. Allí fue atacada el 23 de octubre por los barcos aliados durante la batalla de Rande infligiéndole importantes pérdidas, aunque la práctica totalidad de la plata fue desembarcada a tiempo. Fue conducida primero a Lugo y más tarde al alcázar de Segovia.

Uno de los principales giros de la guerra tuvo lugar en el verano de 1703, cuando el reino de Portugal y el ducado de Saboya se sumaron a los restantes estados que componían el Tratado de La Haya, hasta entonces formada únicamente por Inglaterra, Austria y los Países Bajos. El duque de Saboya, a pesar de ser el padre de la esposa de Felipe V, firmó el Tratado de Turín y Pedro II de Portugal, que en 1701 había firmado un tratado de alianza con los borbones, negoció con los aliados el cambio de bando a cambio de concesiones a costa del Imperio español en América, como la Colonia de Sacramento, y de obtener ciertas plazas en Extremadura –entre ellas Badajoz– y en Galicia –que incluía Vigo–.

Una flota francesa, al mando del conde de Toulouse intentó recuperar Gibraltar pocas semanas después, enfrentándose a la flota angloholandesa al mando de Rooke el 24 de agosto a la altura de Málaga. La batalla naval de Málaga fue una de las mayores de la guerra. Duró trece horas pero al amanecer del día siguiente la flota francesa se retiró, con lo que Gibraltar continuó en manos de los aliados. Así que finalmente consiguieron lo que habían venido intentando desde el fracaso de la toma de Cádiz en agosto de 1702: una base naval para las operaciones en el Mediterráneo de las flotas inglesa y holandesa.

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La Príncesa de Éboli

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Ana de Mendoza y la Cerda (1540-2 de febrero de 1592), era hija única de Diego de Mendoza, Príncipe de Mélito y nieto del Gran Cardenal Mendoza.

Por su educación tuvo un caracter dominante y altivo. Pero también voluble, rebelde y apasionado, como el de los antiguos Mendozas. No hay noticias destacadas de su infancia, salvo la leyenda referente a la pérdida de un ojo por causa de una caida o de la esgrima. Pero este dato no es claro, quizá no fuera tuerta sino bizca. Ciertamente alabaron su belleza, a pesar del parche que la adornaba. El caso es que cuando su boda se la describe como que la novia era “bonita aunque chiquita”. Su educación fue nuy influida por las peleas y separaciones entre sus padres, en gran parte debidas al caracter mujeriego de Diego. Ana tomaría partido por su madre.

Esta rica heredera fue casada muy joven en 1552 con Rui Gómes de Silva (1516-1573), noble portugués mucho mayor que ella. Rui había venido a Castilla acompañando a Isabel, futura esposa de Carlos V, y entró al servicio del futuro Felipe II ganándose su amistad, por lo que fue favorecido económica y políticamente siendo, entre otros cargos, Secretario y hombre de confianza de Felipe II. Al servicio de Rui entraría el aragonés Antonio Pérez.

Con el favor de Felipe II, Rui entroncó por matrimonio con los poderosos Mendoza. Como la novia era muy jóven, y la familia Mendoza muy poderosa, la novia permanecería unos años en casa de sus padres hasta la consumación del matrimonio. Desde la boda, el padre de Ana les cedió el título Condes de Mélito, permaneciendo él como Duque de Francavilla. Ana acompaña a su madre en 1557 a la Corte que en Valladolid tiene la princesa Regente Juana, y allí se producen nuevos escándalos entre su madre y su padre, el cual tuvo una hija ilegítima (que llamó María de Mendoza) y otra nueva amante después. Ello durante el primer embarazo de Ana, que no hacía mas que padecer y llorar, aunque se dijo de ella “que tiene mas seso que todos ellos”.

El matrimonio no se consumó hasta 1557. Ana y Rui vivieron definitivamente juntos desde la vuelta de éste en 1559 y tuvieron seis hijos vivos en los trece años de matrimonio. Rui, aunque tuvo algunos pleitos con su suegro, había logrado entretanto que éste fuera nombrado miembro y Presidente del Consejo de Italia en 1558 y virrey. Los puestos parece que se eligieron principalmente con el objetivo de alejar lo más posible a Diego de su hija y yerno, incluso con el riesgo de provocar una revuelta entre sus gobernados por su caracter.
En su intento, truncado por la muerte, de lograr un poderoso mayorazgo para sus hijos, Rui compró a su suegro Éboli en el reino de Nápoles. Felipe II le nombró Príncipe de Éboli en 1559. Luego compró las villas de Estremera y Valderacete, siendo nombrado Duque de Estremera, y para finalizar compró la villa de Pastrana (1569) siendo nombrado en 1572 por Felipe II Duque de Pastrana con Grandeza de España. Por tanto Ana fue la primera Princesa de Éboli y la primera Duquesa de Pastrana. Rui gastó en las compras el equivalente a cuatro años de la renta anual del Duque del Infantado

En los cuatro años que restaron desde la compra de Pastrana hasta su muerte, mejoró y amplió los cultivos en Pastrana, trajo a moriscos que iniciaron allí una floreciente industria, logró una feria anual con privilegios especiales y fundó, con su esposa, la Iglesia Colegial de Pastrana y favoreció la fundación por Santa Teresa de Jesús de dos conventos Carmelitas en Pastrana en 1569.

Durante el periodo de su matrimonio la vida de Ana fue estable y no se le conocen andanzas ni problemas. Rui la trato tanto como un padre (por la diferencia de edad) como marido, dando estabilidad a esta parte de su vida hasta su repentina muerte. A partir de entonces, su caracter, los problemas de la infancia ya contados y la falta de la única persona que le había dado estabilidad en la vida hicieron que Ana tuviera una existencia problemática. Aunque el primer hijo muriera de niño, su hija mayor Ana casaría con el hijo del poderoso Duque de Medina-Sidonia, el siguente Rodrigo heredaría el Ducado de Pastrana, otro hijo Diego sería Duque de Francavilla, virrey de Portugal y Marqués de Allenquer. A su hijo Fernando, ante la posibilidad de llegar a Cardenal, le hicieron entrar en religión pero éste escogió ser franciscano cambiando su bombre a Fray Pedro González de Mendoza (como su tatarabuelo el Gran Cardenal) y llegaría a ser Arzobispo.

Muerto su marido en 1573, se instaló la desconsolada Princesa en el convento que había fundado Santa Teresa en Pastrana tras llamarla para ello la propia princesa (“la princesa monja, la casa doy por deshecha”, dijo la abadesa) logrando que las carmelitas huyeran de allí trasladandose el convento a Segovia en 1574. Ana mantuvo en el convento una vida rodeada de sirvientas que atendian sus gustos, poco acorde pues con el caracter riguroso que había impuesto Santa Teresa. Ana no fue buena administradora del patrimonio de sus hijos menores de edad.

Para complicar las cosas, en su afán por lograr un heredero varón (o por perjudicar a su hija, no está claro), tras morir su mujer Catalina en 1576, Diego se casó enseguida con Magdalena de Aragón, hija del Duque de Segorbe. Murió en 1578 dejando a su mujer embarazada, para susto de su hija Ana (viuda por aquel entonces), quien no perdió la herencia pues Magdalena tuvo una hija que murió a poco de nacer. Lógicamente todo esto afectaría al equilibrio emocional de Ana.

Volvió a la Corte madrileña por ello e intentó ascender rápido intentando preservar su herencia paterna e intereses. Tuvo gran habilidad en la intriga, heredada de su madre y de los Mendoza. Gran enemiga del partido de la Casa de Alba (el partido opuesto al antaño liderado por su marido y ahora dirigido por Antonio Pérez, nuevo Secretario de Felipe II), se dice que fue la supuesta amante de Felipe II (lo que niegan Marañón y otros autores) y de su Secretario Antonio Pérez a la vez. De Antonio parece ser que sí lo fuera. Antonio era seis años mayor que ella y no se sabe realmente si lo suyo fue simplemente una cuestion de amor, de política o de búsqueda de un apoyo que le faltaba desde que muriera su marido.
Lo que sí fue cierto era que Escobedo había descubierto sus amores con Antonio, logrando que Ana odiara por ello a Escobedo. La posible denuncia debida a la lealtad de Escobedo al marido muerto seguramente enfurecería por el escándalo al riguroso Felipe II.

Parece probable también una intriga compleja de Ana y Antonio acerca de la sucesión al trono vacante de Portugal y contra D. Juan de Austria en su intento de casarse con María Estuardo. El caso es que junto con Antonio, Ana instigó el asesinato de Juan de Escobedo (secretario de D. Juán de Austria) en 1578, logrando la aquiescencia del Rey al convencerle de unas supuestas intrigas de Escobedo.

Felipe II conoció los manejos políticos de Antonio Pérez y, con paciencia, fue preparando su caida. Finalmente Ana fue arrestada con Antonio en 1579, desterrada por Felipe II a Pinto, Santorcaz y luego a Pastrana en 1581, donde morirá atendida por su hija menor Ana de Silva (llamada Ana como la hija mayor de la Princesa, se haría monja luego) y tres criadas. En 1582 Felipe II despoja a Ana de la custodia de sus hijos y de la administración de sus bienes. Es curioso que mientras la actitud de Felipe hacia Ana podría tildarse de cruel, siempre protegió y cuidó de los hijos de ésta y su antiguo amigo Rui. Felipe II nombró un administrador de sus bienes y más adelante llevaría las cuentas su hijo Fray Pedro ante la ausencia de sus hermanos.

Tras la fuga de Antonio Pérez a Aragón en 1590, Felipe II mandó poner rejas en puertas y ventanas del palacio Ducal de Pastrana. La Princesa de asomaba una sola hora al día por la reja que daba a la Plaza, que se llama desde entonces Plaza de la Hora. No está tampoco muy claro el porqué de la mencionada actitud cruel de Felipe II para con Ana, quien en sus cartas llamaba “primo” al monarca y le pidiera en uno de ellos “que le protegiera como caballero”. Felipe II se referiría a ella como “la hembra”. Ana y Rui están enterrados en juntos en la Colegiata de Pastrana.

Ana favoreció en la herencia a su segundo hijo Diego frente al primogénito Rodrigo.Se decía que el segundo Duque de Pastrana, era hijo de Felipe II (algo difícil pues cuando su concepción la madre estaba de postparto, y por tanto en casa, y el Rey Felipe II de luna de miel con la Reina Isabel de Valois, de la que estaba enamorado).

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Felipe III y las plazas de toros

Estos espacios conocidos como cosos taurinos y anteriormente como circos taurinos, son recintos cerrados, generalmente circulares y descubiertos, donde se celebran las corridas de toros.

Sus estilos arquitectónicos son diversos de acuerdo al mayor o menor grado de antigüedad, si bien en la actualidad predominan las de estilo neomudéjar. Tienen su origen en la Europa antigua. Principalmente consiste en un anfiteatro cerrado de forma aproximadamente circular con graderías y servicios que rodean un espacio central donde se realiza el espectáculo taurino, llamado ruedo o redondel –un terreno de tierra batida (arena o albero)– rodeado de un callejón donde se preparan y refugian los toreros y subalternos. El callejón está separado del ruedo por una estructura o pared, generalmente de madera y de aproximadamente 150 centímetros del altura, que posee estribos hacia el ruedo y en ocasiones también hacia el callejón para facilitar el acceso de los alternantes en caso de emergencia. Dispone de portones de acceso batientes para la entrada y salida de los participantes (puerta de cuadrilla) y de los toros (puerta de toriles y de arrastre) aunque la cantidad y disposición de estos accesos varía de un recinto a otro.

El desarrollo de recintos con características específicas para la realización de corridas de toros está relacionado con la popularización y la profesionalización de los espectáculos taurinos.

La Arena de Nimes 27 a.C.

Si bien en la antigüedad los anfiteatros romanos tenían características similares a las de las actuales plazas de toros, de hecho las plazas de toros de Nimes y Arlés, en Francia, son anfiteatros romanos, y el origen de las corridas está muy relacionado a las antiguas tradiciones romanas.

La tauromaquia es la evolución de los trabajos ganaderos de conducción, encierro y sacrificio en los macelos o mataderos urbanos que comenzaron a construirse en España durante el siglo XVI. Estos profesionales de la conducción del ganado vacuno, entonces todo bravo, y los matarifes aportaron creatividad y virtuosismo a las tareas más arriesgadas, que inmediatamente fueron de interés para los más diversos espectadores. Las primeras noticias sobre estas suertes prodigiosas son del Matadero de Sevilla, en el cual además está documentada la presidencia encarnada por un representante de la autoridad municipal, situado en una torre mirador ó palco proyectado por el arquitecto Asensio de Maeda y conocido por una importante cantidad de óleos que recogen la actividad taurina en ese momento. En el matadero sevillano también se proyectaron las primeras tribunas para espectadores en la segunda mitad del siglo XVI.

Pero no es hasta 1612, cuando Felipe III otorga el primer privilegio para dar corridas en cosos cerrados, dando así origen a las plazas de toros.

Durante el establecimiento de la tauromaquia en la península ibérica las plazas de toros no fueron comúnmente utilizadas para estos festejos. Cuando las fiestas taurinas eran principalmente realizadas a caballo, los espectáculos eran públicos y se realizaban en las plazas de las ciudades. Solo en el siglo XVIII, al evolucionar el toreo hacia la faena a pie con el surgimiento de figuras como Costillares, Pedro Romero y Pepe-Hillo y ante el desorden reinante durante estas fiestas, se hace imperante la creación de espacios que albergasen apropiadamente al público. De hecho tras ser autorizada en 1730 la construcción de la Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla para realizar corridas de toros, el coso original tenía forma rectangular, y no se comenzó la estructura circular actual sino tres años después.

La plaza más antigua es la de Béjar (Salamanca. Su primera construcción es de 1667, entonces era cuadrada, ya redonda desde septiembre de 1711.

Pero las plazas más peculiares de España son, por sus formas, la de Almadén, -hexagonal- en Ciudad Real y la antigua de Tarazona -octogonal.

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Almadén 1753

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Tarazona entre 1790 y 1792

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Isabel de Saavedra

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De Miguel de Cervantes, fue su única descendiente, a excepción de su enigmático hijo napolitano, Promontorio.

Fue hija de Miguel de Cervantes y de Ana de Villafranca (1563-1598), una mujer casada con el tabernero Alonso Rodríguez a quien el escritor conoció poco después de haber retornado de su largo cautiverio en Argel en 1580.

Al nacer en 1584, el escritor se desentendió de ella y de su madre al coincidir el evento con el éxito de su primera novela, La Galatea y su compromiso matrimonial con Catalina de Salazar. En 1598 murió Ana de Villafranca y al año siguiente Cervantes asumió su responsabilidad como padre, reconociendo a la niña cuando ya tenía catorce años y reclamándola a través de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio y le dio su segundo apellido, Saavedra, razones que pueden explicar en parte el tenso vínculo que hubo entre los dos; según Maganto:

Lo que parece evidente es que Cervantes no la reclamó cuando murió el padre putativo de Isabel, Alonso Rodríguez, en 1590. Después, esperó más de un año para reclamarla y no quiso estar presente en tan honroso acontecimiento. Por otra parte, la reconoció de forma implícita, es decir no dándole su primer apellido, sino el de Saavedra, y siempre por intermedio de su hermana Magdalena. Todo esto lo sabía su hija y nunca se lo perdonó. Para mí, son demasiadas contradicciones que no pueden explicarse solo por miedo a que su esposa Catalina se enterase.

Isabel fue bautizada, según la partida que descubrió Emilio Maganto Pavón, el 9 de abril de 1584 en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, lo que permite desechar la especulación anterior de que fuera acaso hija de Magdalena de Cervantes y de Juan de Urbina.

Maganto Pavón aporta 31 documentos nuevos e inéditos sobre la hija de Cervantes que lo desmienten. Era de carácter fuerte y, aparte de una desafortunada infancia, tuvo una vida difícil hasta cierto punto por el desabrido comportamiento de su padre hacia ella. Su primer esposo, Diego Sanz del Águila, falleció inesperadamente; el segundo, Luis de Molina, fue un arreglo mal deseado. Y sostuvo una relación adúltera con Juan de Urbina, con quien tuvo una hija, Isabel Sanz de Saavedra, fallecida a los dos años. En opinión de Maganto, Isabel fue, con Catalina de Salazar, la esposa de Cervantes, la mujer que más influyó en la vida del autor. En cuanto a otro supuesto hijo de Cervantes, de existencia muy incierta, habría nacido en Nápoles en 1575 y muy poco se sabe de él, salvo que se llamaba Promontorio y se menciona en el capítulo VIII de su Viaje del Parnaso junto con su madre, a la que Cervantes llamaba Silena. De este niño por datos sueltos de diferentes documentos parece ser que alcanzó la edad adulta y fue hombre de armas.

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La Matanza de la Noche de San Bartolomé

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23- Agosto-1572 La matanza de San Bartolomé, inscrita en el contexto general de las Guerras de religión francesas, estuvo precedida de varios acontecimientos que ilustran esa violencia, pues fue resultado de un “proceso en escalada, cuyas últimas consecuencias no había deseado ni previsto” Catalina de Médicis, aunque se habló de premeditación:
La Paz de Saint-Germain que puso fin a la tercera guerra religiosa el 8 de agosto de 1570
El matrimonio de Enrique de Navarra y Margarita de Valois, el 18 de agosto de 1572
El atentado contra el almirante Gaspar de Coligny, el 23 de agosto de 1572

También fue una de las matanzas religiosas más grandes que surgieron en toda Europa; pues la población católica se volvió muy agresiva con las personas de religión protestante. La rivalidad política entre los católicos y los protestantes franceses (hugonotes) provocó la matanza de la Noche de San Bartolomé en 1572. El rey Carlos IX de Francia y su madre, Catalina de Medici, temían que los hugonotes alcanzaran el poder. Por este motivo, ordenaron el asesinato de miles de ellos a finales de agosto. La matanza comenzó en París el 24 de agosto y se extendió a las restantes provincias del país.

La masacre El intento de asesinato de Coligny es el desencadenante de la crisis que desembocó en la matanza. El almirante Coligny era el líder del partido de los hugonotes, sumamente respetado. Consciente del peligro protestante, el rey se entrevistó con Coligny asegurándole amparo. Mientras la reina madre cenaba, los protestantes irrumpieron a pedir justicia. Esta situación hizo crecer los temores de una revuelta de los hugonotes buscando represalias; más aún, la presencia en las afueras de París del cuñado de Coligny, al mando de unos 4.000 hombres que acampaban allí, creó en los católicos de la ciudad la certeza de que se preparaba una matanza por parte de los protestantes para vengar el atentado. Esa misma noche, Catalina de Médicis mantuvo una reunión en las Tullerías con sus consejeros italianos y el barón de Retz.

La noche del 23 de agosto, Catalina se entrevista con el rey para discutir la peligrosa situación. Carlos IX decide, entonces, eliminar a los cabecillas protestantes, excepción hecha de los príncipes Enrique de Navarra y el príncipe de Condé. Poco después, las autoridades municipales de París fueron convocadas a palacio. Se les ordenó cerrar todas las puertas de la ciudad y proporcionar armas a los burgueses, a fin de prevenir cualquier tentativa de sublevación. Es difícil, todavía, determinar la cronología de los hechos y conocer el momento exacto en el que empezó la masacre. Parece ser que fue una señal dada por las campanadas de maitines desde la iglesia de San Germán-Auxerrois, próxima al Louvre y parroquia de los reyes de Francia. De inmediato, los nobles protestantes fueron expulsados del palacio del Louvre y masacrados en las calles. El almirante Coligny fue sacado por la fuerza de su lecho y arrojado a la calle por una ventana de palacio. Ya de madrugada, el pueblo empezó a perseguir a los protestantes por toda la ciudad. La matanza de miles de personas continuó durante varios días pese a las tentativas del rey por detenerla.

Tras estos hechos, las opiniones moderadas quedaron abrumadas “por la intensidad del odio político-religioso que llevó, en 1572, a la matanza de protestantes de París, que se hizo tristemente famosa en Europa, menos para los católicos recalcitrantes: el papa acuñó una moneda conmemorativa”. Es más, el papa Gregorio XIII, en cuanto supo la noticia, organizó un solemne Te Deum en la basílica de San Pedro. Mientras Felipe II de España demostró su satisfacción, por su parte, Isabel I de Inglaterra se negó a recibir al embajador francés, hasta que pareció aceptar la tesis de la conspiración.

La matanza de San Bartolomé desembocó en la cuarta guerra religiosa. Las hostilidades se reanudaron (aunque fueron interrumidas por treguas, 1575-1580). El Edicto de Nantes, de 1598, concederá libertad de culto (no en París), y sobre todo se aplicará ya una tolerancia religiosa.

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Miguel Tenorio de Castilla

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Apenas se conoce papel que Huelva y algunas de sus personalidades han tenido a lo largo de la historia de España. Por eso merece la pena rescatar y traer a la memoria algunas de las biofrafías de personajes ilustres de nuestra provincia que han aportado o han tenido una influencia destacada en diversas etapas históricas y de distintas maneras.

Brillante universitario, licenciado en leyes, poeta y periodista, fue varias veces gobernador civil, diplomático (destinado en Prusia, Palestina y otros) y Secretario muy particular de la reina Isabel II de España, desde 1859 hasta 1864, en que O’Donnell le apartó de la corte.

Hoy ponemos el foco en Miguel Tenorio de Castilla, un hombre de Almonaster la Real que, tras una dilatada carrera política que comenzó con apenas 25 años como Gobernador Civil de Huelva, llegó a ser secretario personal de Isabel II, designado expresamente por la propia reina. Con ella mantuvo una intensa relación personal y profesional durante los siete años que ostentó el cargo, lo que le permitió alcanzar una posición de cierto peso en el ambiente cortesano.

Miguel Tenorio nació en Almonaster en agosto de 1818. Sus padres, almonasterenses, también fueron José María Tenorio Herrera (Magistrado de la Audiencia de Granada) y Leona de Castilla y Forero, que murió en 1819, por lo que Miguel se crió con sus abuelos Miguel Pablo Tenorio y Francisca Javiera Castilla y Forero, que disfrutaban de una posición acomodada. No en vano, su abuela era en 1812, la principal contribuyente del censo de la villa de Almonaster.

En el curso 1831-1832 comenzó sus estudios en la academia privada de otro almonasterense Celestino Núñez González, formación que le sería convalidada por la Real Universidad Literaria de Sevilla en la que ingresó un curso más tarde para estudiar Derecho, la carrera de Leyes en la época.

Precisamente en Sevilla vivió una época cultural y literaria que le llevó a fundar La Lira Andaluza y a publicar sus trabajos durante más de diez años en numerosas publicaciones, convirtiéndose en uno de los exponentes del romanticismo sevillano.

Su carrera política, por la que es verdaderamente conocido no solo en Huelva sino en buena parte de España, comenzó en 1843 cuando contaba con solo 25 años de edad. De él decían que era caballeroso y tenía don de gentes, lo que junto a su formación y su cultura literaia, justificaba el inicio de su temprana vocación política. El 21 de diciembre de ese año fue nombrado Gobernador Civil de la provincia de Huelva cargo que ostentó hasta 1847. Terminada la etapa onubense inició una década que le llevo a ocupar la Jefatura Superior Política, o lo que es lo mismo el Gobierno Civil de otras 11 provincias españolas -Castellón, Toledo, Córdoba, Málaga, Zaragoza, Barcelona, Jaén, Cádiz, Alicante, Granada y Sevilla- antes de convertirse en diplomático.

Sobre esta época, aunque se desconoce la fecha exacta por el fuego que quemó en 1936 el archivo parroquial de la Palma del Condado, se casó con Isabel Tirado y Rañón, a quien en sus poemas llamó Belisa y de quien se dice estaba profundamente enamorado. Isabel murió en 1859 víctima de un epidemia de cólera que azotó Sevilla y solo tuvieron un hijo Miguel Tenorio Tirado, aficionado a la pintura y casado con Emilia Osborne Guevara, que también murió joven. Se calcula que hacia 1890.

De sus actuaciones en materia de política provincial, se recuerda especialmente la división rectificada de la Dehesa Valdelamusa decretada por la Diputación Provincial, que implicó a tres pueblos –Almonaster, Cortegana y El Cerro– donde Miguel Tenorio atendió las reclamaciones de los tres municipios con respecto a sus lindes y consiguió mantener un criterio firme y objetivo en el reparto -un tercio para cada localidad-, pese a que uno de los municipios involucrados era su pueblo natal.

En materia de cultura también tuvo una actuación trascendental firmando en 1844 una disposición que instaba las Comisiones Provinciales que nacían de la Comisión Central de Monumentos Históricos y Artísticos a dividirse en las secciones de Bibliotecas/Archivos, Esculturas/Pinturas y Arqueología/Arquitectura y en la que detallaba minuciosamente las obligaciones de los alcaldes con respecto a las mismas. Una disposición que sin duda contribuyó a preservar el patrimonio monumental y cultural que hoy tenemos en España.

Asimismo, Miguel de Castilla tuvo una destacada actuación en la colonización agraria y poblacional de la Sierra de Huelva en el siglo XIX, especialmente de Rosal de la Frontera

Ya en 1856 fue nombrado cónsul general y comisionado regio en Jerusalén. Allí, un año más tarde salió como diputado electo por La Palma del Condado, aunque no llegó a tiempo de jurar el cargo. Renovó su escaño en las siguientes elecciones, pero solo ejerció de diputado en las legislaturas 1858-1859 y en la 1860-1861, aunque en esta última renunció al cargo de diputado. Fue entre estas dos legislaturas donde empezó a tomar más contacto con la Corte ya que en abril de 1859 Isabel II lo nombró su secretario particular y fue integrado en dos comisiones de trabajo: la de Presupuestos y Contabilidad Provincial y la Comisión Parlamentaria de Etiqueta por el cumpleaños de la Reina.

Al parecer Miguel Tenorio de Castilla, que sustituyó a Puig-Moltó como “favorito de la Reina”, tuvo mucha influencia sobre Isabel II y eso provocó el recelo de políticos y partidos, sobre todo en el líder de la Unión Liberal, Leopoldo O’Donnell.

Fruto de esta cercanía se le atribuye la paternidad de las infantas Pilar (1861), Paz (1862) y Eulalia de Borbón (1864), aunque no fue reconocida oficialmente. Además de secretario particular durante un año fue también consejero de la corona y candidato electo por Aracena y por Huelva capital, en las legislaturas 1863-1864 y 1864-1865. Precisamente en esta última Isabel II, presionada por O’Donnell y el General Narváez, le cesó de su cargo de secretario particular. Y dos años más tarde el propio O’Donnell lo confinó en Segovia hasta su nombramiento como ministro plenipotenciario en Berlín (1867).

No obstante en las últimas elecciones a Cortes del período isabelino celebradas en ese mismo año volvió a salir diputado electo por la provincia de Huelva aunque no pudo presentar el acta al Congreso porque estaba en Alemania.

Un año más tarde, en 1868 Isabel II fue derrocada en la Revolución de Septiembre y el gobierno provisional lo cesó de su cargo diplomático en Berlín en octubre, lo que llevó a Miguel a retirarse en Almonaster durante el Sexenio Democrático (1868-1874), allí se mantuvo alejado de la política y se dedicó a administrar su patrimonio.

Con la caída de la Primera República y la restauración de los borbónica propiciaron su vuelta a la primera línea de la política española. No en vano ocupó un papel protagonista en la organización del Partido Conservador canovista de Huelva, donde lideró la fracción ideológicamente más cercana al que fue el Partido Moderado isabelino.

Con ello consiguió salir elegido diputado a Cortes en 1876 y 1879 por el distrito de La Palma del Condado, ejerciendo como parlamentario en el Congreso durante las legislaturas 1877, 1878, 1879-1880 y 1880-1881. Es en este período, concretamente en la tercera de las legislaturas cuando tuvo una actuación destacada en el ámbito político nacional, con su intervención en el debate sobre el sistema de calcinaciones de piritas al aire libre practicadas por las empresas de Huelva.

Cerró Tenorio de Castilla su carrera política a mediados de los años 80 del siglo XIX con un escaño en el Senado en la legislatura 1884-1885, representando a Islas Baleares. Una vez retirado pasó la última etapa de su vida en Munich, en el Castillo de Nymphemburg, acogido por Paz de Borbón y su marido el príncipe Luis Fernando de Baviera, alimentando con ello la hipótesis de su paternidad.

Allí murió en 1916. En el cementerio de San Fernando de Sevilla hay una tumba con simbología masónica con su nombre, aunque hay quien apunta que sus restos descansan en Berlín y que su enterramiento cumple en 2016, fecha en que podría reclamarse y traerse de vuelta a su tierra natal.

En definitiva, Miguel Tenorio de Castilla fue un hombre ilustre de Almonaster la Real con un papel destacado en la política onubense, andaluza y española por el que recibió numerosas condecoraciones como la Gran Cruz de Isabel la Católica en 1854 o la de Carlos III en 1867. También fue Caballero de la Maestranza de Ronda y Gentilhombre de Cámara de Su Majestad. Paula Crespo-J.J. Godoy

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3ª Parte, cap. 22 Del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

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Nota: Para que se vea que esta historia no es novelada, al final se da una explicación sobre las revueltas de los Sangleyes en Manila

… Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

Aquella noche que había luna, desde las diez dio sobre los enemigos y los indios pelearon con flechas muy bien y en dos horas los desbarató. El cossario había enviado por sus navíos que estaban 4 leguas de allí y se embarcaron muchos dellos y el general suyo. Diole tanto pesar al almirante cuando lo entendió que a las tres de la mañana se embarcó tras dél y a las 6 le había echado a fondo cinco navíos y los otros cuatro se le rindieron. A las diez del día tornó a tomar puerto y se vio en gran peligro porque llegaron catorce navíos de socorro de Mindana[o] y de otras islas de enemigos y se arrojaron a los navíos de Espinosa hasta que hizo colgar en todas las entenas todos los presos, los cuales los atemorizaron diciéndoles que los suyos todos habían perecido y fue tanto el temor que les dio el saberlo que al momento huyeron todos, arrancó en su seguimiento cojíoles tres navichuelos echó cuatro a fondo y los demás se escaparon de allí a tres días volvió al puerto del nombre de Jesús Pintados despachó un aviso al Gobernador enviando el cossario preso, habíendolo enviado primero a que lo viese la Señora Doña Fabiana Pérez. El que llevó al cossario a ambas partes fue Alonso de Quesada a quien había hecho capitán por merecerlo y era natural de Jaén. Hiciéronse fiestas en Manila por tan gran victoria.

A tres días pasados despachó la almiranta y otro navío porque era ya tiempo de volver a México. Habiendo ordenado estas cosas fue a la ciudad donde se desposó aquella noche con Doña Fabiana Señora de Indios en la isla con mucho contento de todos porque estimaron tal amparo y defensor.

El gobernador le premió con una encomienda de tres pueblos del Rey y otro que vacó por muerte de un encomendero se lo dio luego, que todos valdrán cada año mil y quinientos pesos de oro. La mujer tiene otros tres que le rentan dos mil pesos de oro y su mayorazgo de tierras ingenio de azúcar que vale mucho. En diversas ocasiones ha llegado a la isla muchos cossarios con quien ha tenido más de veynte batallas y más de las doce han sido con los mindanaos y todas las ha vencido por su grande ardid y valentía, ha tenido tres desafíos, el uno con un negro moro loloso cossario de cual le contaban cosas notables, y a todos los venció.
Ha tenido otras muchas victorias y de todas sale empeñado, porque junta la gente y gasta a su costa y después reparte el despojo. Con los presos ha sido liberalísimo, de suerte que es proverbio entre los enemigos que no se les da nada de la prisión del almirante, porque tiene cierta la libertad y aun muchas victorias han procedido desto

No ha castigado soldado castilla si no es por traycion o por maltratar los indios y entonces con mucha misericordia.
Ha sido notablemente honesto y no se le ha conocido vicio que le desautorice y desacredite.

Todos los gobernadores que han ido le han confirmado el título de Almirante y le han ido dando más indios y renta o pensiones sobre otras encomiendas porque en tiempo de todos ha vencido enemigos.

A un corsario mindana lo cogió habiéndole vencido dos veces y dándole libertad la tercera lo llevó a Manila y por mandado del Gobernador amaneció colgado, de lo cual recibió grandísima pena, lo cual le reprehendió el gobernador y en satisfación dijo: Señor dicen que decía el Príncipe de Oria que si ahorcan los corsarios se privaba de la gloria que le habían de dar porque no había con quien pelear.

Avia poblado junto a Manila más de doce mil chinos, que allí Íes llaman Changuayes Chriílianos. Estos por algunos achaques le levantaron y cercaron a Manila auxilió el Gouernador al Almirante, y vino en su socorro en tan buen tiempo que los enemigos asaltaban el pueblo .En la qual ocasión sucedió vn milagro que no es justo se pase en silencio. Apareció vn Christo Crucificado entre las almenas del muro y les habló a los Changuayes (sangleyes)* diziéndoles gente maldita por qué afligís mi pueblo.

Viéronle dellos infinitos, y le oyeron, y assi dexaron el asalto, y se dividieron en tres exércitos, y se fueron a destruir los pueblos comarcanos. En esta sazón llegó el Almirante, y fue en seguimiento de uno de los exércitos de suerte que lo venció, y desbarató con notables hazañas de su persona. Después de vencidos se reduxeron todos recabando- les perdón del Gobernador conque se mostraron muy arrepentidos de su novedad, y motín. Recibido. En Manila, el Gobernador con grande honra y le dio nuevas rentas y premios en ciertos indios, pueblos, y minas, y muy favorecido, y honrado le despachó a su isla nombre de I E S V S de Pintados.

A ydo fu fama y honra en grande acrecentamiento con las nuevas hazañas que cada día emprende, Vitorias que consigue, y cosarios que rinde, es común dicho, en las Filipinas, que los cargos, ginetas y Vanderas, citan aguardando a los hombres de Jaén, y no ellos a los cargos, por la buena fama, y nombre que tienen, y han si hay nueva que son al presente algunos Capitanes. Esto es hasta el año de 1608. Que tuvieron cartas sus padres en Jaén en que les informa de una gran batalla que avía tenido con cossarios, de que había salido mal herido, aunque vencedor. Después acá, no se a sabido más del, si es muerto confío en Dios le avrá dado su gloria por lo bien que les sirvió contra sus enemigos. Y fi es vivo, Dios le conserve, y aumente las Vitorias para mayor gloria de su Magestad, y de la del Rey Señor nuestro.

————————————
*La revuelta de los sangleyes se inició durante la noche del 3 de Octubre de 1603. En ese momento se congregaron muchos de los sangleyes que había en Manila y alrededores. Aunque los revoltosos tenían previsto levantarse en armas en noviembre, fueron descubiertos, y por ello avanzaron sus planes. El punto en que empezaron a reunirse fue a media legua de Manila, desde donde pretenderían luego entrar en la ciudad y adueñarse de ella. Un primer intento de derrotar a los sublevados terminó en desastre. Un contingente de 130 españoles fue enviado a reprimir la revuelta pero fueron rodeados y masacrados. Acto seguido, y animados por este éxito, los sangleyes se lanzaron a la toma de Manila. A pesar de esta victoria inicial, los intentos de los sublevados, cuya cifra podía llegar a la de 25000 hombres (San Agustín, p: 709), de tomar la zona fortificada de la ciudad fueron repelidos, y al ver que a su vez llegaban refuerzos españoles.. Viendo que su situación empeoraba, se retiraron hacia algunos pueblos cercanos a la ciudad, donde se fortificaron. En este punto se giran las tornas, y son los españoles y sus aliados los que salen al encuentro de estos núcleos de sangleyes sublevados. Los combates se alargarán hasta el 14 de noviembre, momento en que la práctica totalidad de los sublevados había sido muerta huida y aprisionada.

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2ª Parte, cap. 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

La imagen puede contener: una o varias personas
… Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años en el cual le ocupó dos con tanta animosidad valor y prudencia, que ofreciéndole una salida habiendo de nombrar caudillo, le pidió a voces todo el ejército y se le encargó aquel acometimento del cual dio tan buena cuenta, que acabó lo que no había podido otros caudillos, por lo cual el general le dio título de capitán con mucha gloria y aplauso de todos.

En este cargo aunque lo recibió menos que de veynte y dos años hizo alarde y muestra de sus heroicas virtudes valor invencible asentada nativa, era gran maestre de milicia y con su ejemplo instruía, de suerte que todos los soldados aunque fueran ciervos, imitándole eran leones.

Dél se puede decir que dijo un retórico de Alejandro que ni en sus determinaciones faltó prudencia , ni en los asaltos y batallas osadía, ni en el repartir a sus soldados lo que tenía liberalidad, porque cuando se ofrecía algún consejo de dificultad y duda el suyo eran tan acertado que los muy experimentados lo aprobaban por de muy sabio.

Si peleaba con los enemigos emprendía tales hazañas que descubría suma valentía. Si había ocasiones de saco y riqueza, de tal suerte los sabía repartir no acordándose de sí mismo que todos le quedaban obligados y aficionados, si sabía de la necesidad de algún soldado la remediaba, aunque se lo quitase de la boca y favorecióle el Cielo este ánimo tan hidalgo y liberal que siempre le dio para que tuviese qué dar.

Acabada aquella jornada volvió a México y el virrey le ocupó dándole una conduta de capitán del galeón Almirante que va a las Filipinas donde hizo su viaje muy próspero, habiendo llegado a Manila dentro de tres días se descubrieron el mar doce velas chinas que entendió ser cossarios de los muchos que andaba en aquellos mares revelados de la China, el general y Gobernador le nombraron, salió con el almiranta y cuatro navíos y sin llevar orden acometió al enemigo y le dio batalla y venció , tomóles dos navíos y los demás le huyeron. No perdió en esta refriega más que nueve hombres.

Entrando el puerto repartió toda su hacienda con sus soldados, diciendo que ya sabía su delito, mas aunque el general le prendió fue para más honra suya porque se juntaron mil y trescientos hombres y a voces pidieron su almirante diciendo que por tales hazañas y tan famosa victoria no merecía prisión, antes gran premio.

Porque él solo, visto que el enemigo le entraba a un navío, se arrojó en él sin entrar otra persona de socorro y fue bastante su presencia y sus hechos para arrojar al mar todos los enemigos. Y así le dieron por libre y honraron de suerte que el Gobernador y General de las filipinas que reside en Manila, trató luego de casarlo con la Mayorazgo que reside en la Isla del nombre de Jesús de Pintados que en todas aquellas islas no hay otro mayorazgo que el de la señora doña Fabiana Pérez das Mariñas por los hechos de su padre y respondió ella que [cuando] hubiese visto sus hechos y su persona daría el sí y que pues la isla estaba cercada del cossario chino y de nueve navíos que le había quedado y esperaba muchos navíos de la isla Mindanao y de otras que le enviase al socorro, y con esta ocasión le soltó de la prisión y fue nombrado por almirante de aquellos mares con tal título.

Salió con seis navíos bien armados, llevó todos los soldados que se hallaron en la pasada y más, juntó todos los que pudo hallar de Jaén y su Reyno en aquellas islas porque decía, que los había conocido buenos para mandar y obedecer y que sabían y osaban acometer sin perder la ocasión. Habiendo llegado a la isla de Pintados se fue derecho al puerto con cuatro navíos y envió los otros dos 20 leguas de allí y les mandó que desembarcasen y viniesen con dos mil indios isleños vestidos como españoles, que ellos llamaban Castillas. El general cossario retiró a otro puerto sus navíos y más de ocho mil hombres que traía. Juntóse con los castillas de la tierra del almirante y dio orden de que se vistiesen dos mil isleños, contándoles las coletas porque traían y es deshonra entre ellos traerlo corto, aunque por la necesidad lo consintieron forzados, conjurándose que se habían de vengar en teniendo ocasión. Mas para desenojarlos y asegurarlos, el almirante hablo a un cacique de aquellos, que era señor de unos pueblos del Rey y le regaló mucho diciéndole que todos aquellos cabellos los pagaría el en oro y a peso de honra que pensaba hacer a todos los caciques e indios.
El cacique le descubrió la conjuración y cómo tenían determinado de pasarse al enemigo si viesen que llevaba lo mejor de la batalla.

Sabido por Chalques (que son los correos) la venida de la gente y indios les mandó estuviesen en la montaña y diesen socorro quando él lo mandase.

Otro día les habló a los isleños y les dio los vestidos y a cada uno perdonó un tributo de lo que pagaban y les dio a entender que era honra haberles cortado los cabellos en servicio de Dios y del Rey y de la Patria. Cosa que los dejó contentos y redujo, y envió a decir con este cacique a los otros enviándoles veintidós de los soldados, quedándose él solo con lo que traía encima y aquel día no quedó cosa de paño que no lo hiciesen capotillos y gabardinas para que todos fuesen en hábitos de castillas, aunque son muy pusilánimos y huyen en viendo los arcabuces.
A otro día la batalla con solo mil castillas y dos mil isleños dejando los otros con grande penacho. Peleó desde las siete de la mañana hasta las nueve y aquella hora salió el socorro de trescientos hombres castillas y dos mil isleños con el mismo orden.

Comenzaron a retirarse los chinos y a estar allí sus navíos se entendió que se embarcaran. Duró hasta la noche en que murieron veinte y un castillas y doce no más de los isleños porque no les dejó pelear no más de hacer bulto de castillas: de los cossarios se dijo que murieron dos mil o más, en esta ocasión le vio doña Fabiana Pérez y quedó tan satisfecha y aficionada que le envió a rogar que se entrase en la ciudad a descansar. Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

CONTINUARÁ

 

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Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén. Y de algunos varones famosos, hijos de ella (1628)

Cap 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

No solo por tierra más por la mar ha tenido este Reyno y Ciudad hijos que se han hecho conocer y estimar no solo en este mundo ártico más en el antártico, de quel fin otros muchos dará testimonio aquel valeroso Almirante del mar de las Filipinas Cristóbal de Espinosa de los Monteros hijo de un noble hidalgo llamado Pedro de Espinosa de los Monteros, descendiente de aquel famoso y ennoblecido que en las montañas tienen de donde toman el sobrenombre de fuerte que el blasón heredado de sus ascendientes lo matizó con el fino esmalte de la gloria de sus heroicos hechos.

Sus padres desde niño le enseñaron para lo que Dios ordenase del leer y el escribir y le dieron estudio si diera lugar su bélica y acelerada inclinación, que desde niño la descubrió, pues apenas había cumplido los doce años de su edad cuando un capitán por esta ciudad haciendo gente le fue a hablar y le pidió le recibiese por soldado. Diciéndole. Vaya con Dios.

Mancebo, que es muy pequeño. Él le replicó ansioso de cumplir su deseo: Yo confío en dios señor capitán que me hará grande y me ayudará para que acierte a servirle a Él y a mi Rey en esta profesión. Al capitán le agradó la réplica de fuerte que luego lo recibió sin reparar en su edad y ello lo estimó.

Cinco años anduvo en las galeras y estuvo en algunas fronteras, más disciplinándose en la milicia que haciendo cosas de soldado y en estos principios, dio tan buenas esperanzas que todos los que le conocían las concibieron de su valor, tenía modestia de mayor edad, palabras de experimentado, osadía de hombre animoso y valiente, guardaba con tal prudencia respeto que obligaba a que le respetaran. Habiendo pasado estos 5 años en estos ejercicios militares, con licencia de sus padres se embarcó para las indias de la nueva España donde en llegando a la Ciudad de México, por nuevas y cartas que llevaba, visitó a un tío suyo, muy rico de moneda y mercader, más hombre conocido por su buen trato y mucha verdad. Este le recibió como a hijo, le regaló, acarició, agasajó y se lo tuvo en su casa muchos días, hasta que considerando que no se inclinaba a la mercancía ni trato, una noche le hablo en puridad acerca de sus designios y determinaron de la vida que pensaba seguir, prometiendo de ayudalle
a lo que se inclinase, o a mercader o a las minas y hízole instancia en que le respondiese. Él le respondió con toda modestia.

Yo estimo señor tío la merced y regalo que vuesa merced me ha hecho y estimo y agradezco como devo el favor que promete y desea hacerme, mas mi inclinación ni me llama a mercader ni a minas, sino a soldado, esta es mi nerva y mi genio y no otra cosa alguna esto me llama a esto me inclino, esto apetezco, esto deseo. El tío se levantó de la silla donde estaba sentado y le abrazó muy aficionadamente alabándole los honrados y animosos pensamientos, porque él había seguido esta profesión y le contó todas las ocasiones en que él había hallado, mostrándole papeles de sus honrados servicios y premios en los títulos de capitán, alférez y cargos. Púsole mayor ánimo, aunque lo tenía grande, para que se fuese a una jornada, que le hacía de un descubrimiento de Indias y otro día fueron los dos a hablar con el general el qual se holgó mucho de llevar prendas del mercader capitán, porque tenía muy gran noticia de su valor y confiaba que el sobrino lo habría de heredar Mostró éste contento y agrado dándole su bandera y diciéndole se ocupalle en ella, que la tenía guardada para un soldado tal y estoy muy alegre de ver cumplido también mi deseo

Porque para mí basta ser sobrino de Vuestra merced para tener por cierto el buen empleo. Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años…

CONTINUARÁ

 

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Guerra de Sucesión de Mantua

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El 26 de diciembre de 1627 murió el duque de Mantua Vincenzo II, último miembro varón del linaje de los Gonzaga. El territorio mantuano constaba de Mantua propiamente dicha, al este del Milanesado, y el marquesado de Montferrato, al oeste. En Monferrato se encontraba la ciudadela de Casale, que dominaba el valle superior del Po. La heredera más próxima de Vincenzo II era su sobrina, la princesa María, pero existía el inconveniente de que la sucesión por vía femenina no estaba permitida en Mantua, aunque sí en Monferrato. Por vía masculina, el candidato con más derechos era el francés duque de Nevers. El duque de Nevers, anticipándose a los acontecimientos y con un gran sentido del tiempo o una increíble suerte, había enviado a su hijo, el duque de Rethel, a Mantua a finales de 1627 para que se casase con la princesa María.

El duque Vincenzo dio sus bendiciones al matrimonio y tres días después murió. El duque de Rethel tomó posesión de Mantua en nombre de su padre. Aunque había habido alguna irregularidad como la de no haber formulado una petición formal al Emperador en su condición de señor de Mantua, desde las concepciones legales de la época, había poco que se pudiera decir en contra de la sucesión en la persona del duque de Nevers.

España, sin embargo, lo dijo. La idea de que el Milanesado quedase enmarcado entre dos territorios controlados por un duque francés causaba escalofríos en Madrid. Consultada la junta de teólogos, ésta dictaminó que mientras el Emperador no declarara al duque de Nevers sucesor legítimo del duque de Mantua, España debía ocupar el Monferrato en nombre del Emperador para sostener su autoridad, pero sin la idea de hacerse con territorios. Cuando un político recurre a dictámenes sesudos y a fórmulas alambicadas para justificar lo que se propone hacer, eso quiere decir que va a ejecutar algo inmoral o ilegal o ambas cosas a la vez. El dictamen de la junta de teólogos, si se hubiese formulado en el siglo XXI, seguramente habría hablado del derecho de Felipe IV a hacer una guerra preventiva contra el duque de Nevers.

Desde el primer momento la aventura mantuana salió mal. Cuando el gobernador español en Milán, Gonzalo de Córdoba, estaba preparándose para actuar, llegaron noticias de que el Emperador no autorizaría la intervención militar que iba a producirse en su nombre. A la desesperada, Madrid intentó buscar otra hoja de parra que le tapara las vergüenzas y empujó al duque de Saboya a que penetrara en el Monferrato para que la intervención militar española pudiera disfrazarse de protección del territorio en tanto el Emperador tomaba su decisión final.

En mayo de 1628, Gonzalo de Córdoba inició el sitio de Casale. Para entonces el Emperador había decretado el secuestro de los territorios mantuanos, pero seguía sin autorizar la intervención española. El éxito suele hacer que a menudo se perdone la inmoralidad. Lo malo es que los españoles no fueron exitosos. Gonzalo de Córdoba era un general demasiado cauto, al que encima se le habían proporcionado hombres y ducados insuficientes. Casale no cayó.

A finales de 1628 España sufrió un desastre de primera magnitud: la flota de la plata, es decir las naves que cada año proveían desde América la plata con la que el Estado respondería a los adelantos (asientos) realizados por los banqueros genoveses, alemanes y portugueses, cayó en manos de los holandeses. A ese desastre le siguió una sorpresa mayúscula: contra todo pronóstico y desafiando al mal tiempo, a finales de febrero de 1629 el ejército francés cruzó los Alpes y derrotó a los saboyanos en una extraña batalla, cuyo resultado puede que estuviera amañado para dar a Carlos Manuel de Saboya una excusa para marcar distancias con sus hasta entonces aliados españoles. Carlos Manuel de Saboya, hombre tan astuto como carente de principios, se apresuró a firmar un tratado con los franceses, por el cual obtenía parte del Monferrato a cambio de dejar que las tropas francesas pasaran por su territorio y de ayudarlas a levantar el sitio de Casale. Gonzalo de Córdoba levantó el sitio de Casale voluntariamente, antes de que le forzasen a ello. Fue llamado a Madrid y le reemplazó Ambrosio de Spínola.

En junio, finalmente, el Emperador se decidió a enviar a 70.000 hombres al norte de Italia y puso de manifiesto la verdad que hay en el viejo dicho: Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo. El Emperador pretendía que esa ingente armada (a España le hubieran bastado 15.000 hombres para los objetivos que se proponía) fuera mantenida a costa del Milanesado. Al menos la presencia de ese ingente ejército permitía esperar que la situación en el norte de Italia mejoraría y que la campaña de 1630 sería exitosa y tal vez definitiva. Pues bien, no fue ni lo uno ni lo otro.

En marzo de 1630, un ejército francés entró en Saboya, la atravesó y tomó la fortaleza de Pinerolo. El ejército imperial tomó Mantua. Y los españoles… siguieron intentando tomar Casale.

En agosto, la intervención sueca en el norte de Alemania obligó al Emperador a retirar a la mayor parte de sus tropas del norte de Italia y a buscar rápidamente una solución a lo de Mantua. En octubre de 1630 se firmó el Tratado de Ratisbona por el cual los franceses se retiraban de Italia y a cambio el Emperador investía al duque de Nevers como nuevo duque de Mantua. La cuestión de Mantua fue finalmente finiquitada en los dos tratados de Cherasco de abril y junio de 1631, que no vinieron a cambiar lo fundamental del Tratado de Ratisbona.

La ironía final del asunto es que mientras que los españoles no pudieron hacerse con Casale, los franceses no devolvieron Pinerolo, en contra de lo pactado.

Muchos años después, un Felipe IV viejo y amargado consideraría Mantua como el inicio del declive de su reinado, y no le faltaba razón. En Mantua España se había desprestigiado, apareciendo como una potencia matona e irrespetuosa del derecho internacional. Asimismo había derrochado en tres años diez millones de ducados, para no obtener absolutamente nada a cambio. Mantua había desviado los esfuerzos españoles de la guerra contra Holanda que hasta ese momento había ido relativamente bien encaminada y en Francia había dado alas a los sectores más belicistas y partidarios del enfrentamiento con España.

Después de Mantua ya sólo era cuestión de tiempo que Francia y España entraran en guerra y cuando eso ocurriera, lo único que quedaría con los holandeses sería firmar una paz lo menos mala posible.

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La Araucana. Canto XXI

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Halla Tegualda el cuerpo del marido y haciendo un llanto sobre él, le lleva a su tierra. Llegan a Penco los españoles y caballo que venían de Santiago y de la Imperial por tierra. Hace Caupolicán muestra general de su gente.

¿Quién de amor hizo prueba tan bastante?
¿Quién vio tal muestra y obra tan piadosa
como la que tenemos hoy delante
desta infelice bárbara hermosa ?
La fama, engrandeciéndola, levante
mi baja voz, y en alta y sonorosa
dando noticia della, eternamente
corra de lengua en lengua y gente en gente.

Cese el uso dañoso y ejercicio
de las mordaces lenguas ponzoñosas,
que tienen de costumbre y por oficio
ofender las mujeres virtuosas.
Pues, mirándolo bien, solo este indicio,
sin haber en contrario tantas cosas,
confunde su malicia y las condena
a duro freno y vergonzosa pena.

¡Cuántas y cuántas vemos que han subido
a la difícil cumbre de la fama!
Iudic, Camila, la fenisa Dido
a quien Virgilio injustamente infama;
Penélope, Lucrecia, que al marido
lavó con sangre la violada cama;
Hippo, Tucia, Virginia, Fulnia, Cloelia,
Porcia, Sulpicia, Alcestes y Cornelia.

Bien puede ser entre éstas colocada
la hermosa Tegualda pues parece
en la rara hazaña señalada
cuanto por el piadoso amor merece.
Así, sobre sus obras levantada,
entre las más famosas resplandece
y el nombre será siempre celebrado,
a la inmortalidad ya consagrado.

Quedó pues (como dije) recogida
en parte honesta y compañía segura,
del poco beneficio agradecida,
según lo que esperaba en su ventura;
pero la aurora y nueva luz venida,
aunque el sabroso sueño con dulzura
me había los lasos miembros ya trabado,
me despertó el aquejador cuidado.

Viniendo a toda priesa adonde estaba
firme en el triste llanto y sentimiento,
que sólo un breve punto no aflojaba
la dolorosa pena y el lamento,
yo con gran compasión la consolaba,
haciéndole seguro ofrecimiento
de entregarle el marido y darle gente
con que salir pudiese libremente.

Ella, del bien incrédulo, llorando,
los brazos estendidos, me pedía
firme seguridad; y así llamando
los indios de servicio que tenía,
salí con ella, acá y allá buscando.
Al fin, entre los muertos que allí había,
hallamos el sangriento cuerpo helado,
de una redonda bala atravesado.

La mísera Tegualda que delante
vio la marchita faz desfigurada,
con horrendo furor en un instante
sobre ella se arrojó desatinada;
y junta con la suya, en abundante
flujo de vivas lágrimas bañada,
la boca le besaba y la herida,
por ver si le podía infundir la vida.

“¡Ay cuitada de mí! -decía-, ¿qué hago
entre tanto dolor y desventura?
¿Cómo al injusto amor no satisfago
en esta aparejada coyuntura?
¿Por qué ya, pusilánime, de un trago
no acabo de pasar tanta amargura?
¿Qué es esto? ¿La injusticia a dónde llega,
que aun el morir forzoso se me niega?”

Así, furiosa por morir, echaba
la rigurosa mano al blanco cuello
y no pudiendo más, no perdonaba
al afligido rostro ni al cabello,
y aunque yo de estorbarlo procuraba,
apenas era parte a defendello,
tan grande era la basca y ansia fuerte
de la rabiosa gana de la muerte.

Después que algo las ansias aplacaron
con la gran persuasión y ruego mío
y sus promesas ya me aseguraron
del gentílico intento y desvarío,
los prestos yanaconas levantaron
sobre un tablón el yerto cuerpo frío,
llevándole en los hombros suficientes
adonde le aguardaban sus sirvientes.

Mas porque estando así rota la guerra
no padeciese agravio y demasía,
hasta pasar una vecina sierra
le tuve con mi gente compañía;
pero llegando a la segura tierra,
encaminada en la derecha vía,
se despidió de mí reconocida
del beneficio y obra recebida.

Vuelto al asiento, digo que estuvimos
toda aquella semana trabajando,
en la cual lo deshecho rehicimos
el foso y roto muro reparando;
de industria y fuerza al fin nos prevenimos
con buen ánimo y orden , aguardando
al enemigo campo cada día,
que era pública fama que venía.

También tuvimos nueva que partidos
eran de Mapocho nuestros guerreros,
de armas y municiones bastecidos,
con mil caballos y dos mil flecheros.
Mas del lluvioso invierno los crecidos
raudales y las ciénagas y esteros,
llevándoles ganado, ropa y gente,
los hacían detener forzosamente.

Estando, como digo, una mañana
llegó un indio a gran priesa a nuestro fuerte
diciendo: ” ¡ Oh temeraria gente insana,
huid, huid la ya vecina muerte !
Que la potencia indómita araucana
viene sobre vosotros de tal suerte,
que no bastarán muros ni reparos,
ni sé lugar donde podáis salvaros.”

El mismo aviso trujo a medio día
un amigo cacique de la sierra,
afirmando por cierto que venía
todo el poder y fuerza de la tierra
con soberbio aparato, donde había
instrumentos y máquinas de guerra,
puentes, traviesas, árboles, tablones
y otras artificiosas prevenciones.

No desmayó por esto nuestra gente,
antes venir al punto deseaba,
que el menos animoso osadamente
el lugar de más riesgo procuraba,
y con presteza y orden conveniente
todo lo necesario se aprestaba,
esperando con muestra apercebida
el día amenazador de tanta vida.

Fuimos también por indios avisados
de nuestros espiones, que sin duda
nos darían el asalto por tres lados
al postrer cuarto de la noche muda;
así que, cuando más desconfiados,
no de divina, más de humana ayuda,
por la cumbre de un monte de repente
apareció en buen orden nuestra gente.

¿ Quién pudiera pintar el gran contento,
el alborozo de una y otra parte,
el ordenado alarde, el movimiento,
el ronco estruendo del furioso Marte,
tanta bandera descogida al viento,
tanto pendón, divisa y estandarte,
trompas, clarines, voces, apellidos,
relinchos de caballos y bufidos ?

Ya que los unos y otros con razones
de amor y cumplimiento nos hablamos,
y para los caballos y peones
lugar cómodo y sitio señalamos,
tiendas labradas, toldos, pabellones
en la estrecha campaña levantamos
en tanta multitud, que parecía
que una ciudad allí nacido había.

Fue causa la venida desta gente
que el ejército bárbaro vecino,
con nuevo acuerdo y parecer prudente,
mudase de propósito y camino;
que Colocolo, astuta y sabiamente,
al consejo de muchos contravino,
discurriendo por términos y modos
que redujo a su voto los de todos.

Aunque, como ya digo, antes tuvieron
gran contienda sobre ello y diferencia
pero al fin por entonces difirieron
la ejecución de la áspera sentencia,
y el poderoso campo retrujeron
hasta tener más cierta inteligencia
del español ejército arribado,
que ya le había la fama acrecentado.

Pero los nuestros de mostrar ganosos
aquel valor que en la nación se encierra,
enemigos del ocio, y deseosos
de entrar talando la enemiga tierra,
procuran con afectos hervorosos
apresurar la deseada guerra,
haciendo diligencia y gran instancia
en prevenir las cosas de importancia.

Reformado el bagaje brevemente
de la jornada larga y desabrida,
y bulliciosa y esforzada gente,
ganosa de honra y de valor movida,
murmurando el reposo impertinente
pide que se acelere la partida
y el día tanto de todos deseado,
que fue de aquel en cinco señalado.

Venido el aplazado, alegre día,
al comenzar de la primer jornada,
llegó de la Imperial gran compañía
de caballeros y de gente armada,
que en aquella ocasión partido había
por tierra, aunque rebelde y alterada,
con gran chusma y bagaje, bastecida
de municiones, armas y comida.

Ya, pues, en aquel sitio recogidos
tantos soldados, armas, municiones,
todos los instrumentos prevenidos,
hechas las necesarias provisiones,
fueron por igual orden repartidos
los lugares, cuarteles y escuadrones,
para que en el rebato y voz primera
cada cual acudiese a su bandera.

Caupolicán también por otra parte
con no menor cuidado y providencia
la gente de su ejército reparte
por los hombres de suerte y suficiencia,
que en el duro ejercicio y bélica arte
era de mayor prueba y esperiencia;
y todo puesto a punto, quiso un día
ver la gente y las armas que tenía.

Era el primero que empezó la muestra
el cacique Pillilco, el cual armado
iba de fuertes armas, en la diestra
un gran bastón de acero barreado;
delante de su escuadra, gran maestra
de arrojar el certero dardo usado,
procediendo en buen orden y manera
de trece en trece iguales por hilera.

Luego pasó detrás de los postreros
el fuerte Leucotón, a quien siguiendo
iba una espesa banda de flecheros,
gran número de tiros esparciendo.
Venía Rengo tras él con sus maceros
en paso igual y grave procediendo,
arrogante, fantástico, lozano,
con un entero líbano en la mano.

Tras él con fiero término seguía
el áspero y robusto Tulcomara,
que vestido en lugar de arnés, traía
la piel de un fiero tigre que matara,
cuya espantosa boca le ceñía
por la frente y quijadas la ancha cara,
con dos espesas órdenes de dientes
blancos, agudos, lisos y lucientes;

al cual en gran tropel acompañaban
su gente agreste y ásperos soldados,
que en apiñada muela le cercaban
de pieles de animales rodeados.
Luego los talcamávidas pasaban,
que son más aparentes que esforzados,
debajo del gobierno y del amparo
del jactancioso mozo Caniotaro.

Iba siguiendo la postrer hilera
Millalermo, mancebo floreciente,
con sus pintadas armas, el cual era
del famoso Picoldo decendiente,
rigiendo los que habitan la ribera
del gran Nibequetén, que su corriente
no deja a la pasada fuente y río,
que todos no lo traiga al Biobío.

Pasó luego la muestra Mareande
con una cimitarra y ancho escudo,
mozo de presunción y orgullo grande,
alto de cuerpo, en proporción membrudo;
iba con él su primo Lepomande,
desnudo, al hombro un gran cuchillo agudo,
ambos de una devisa, rodeados
de gente armada y pláticos soldados.

Seguía el orden tras éstos Lemolemo
arrastrando una pica poderosa
delante de su escuadra, por estremo
lucida entre las otras y vistosa;
un poco atrás del cual iba Gualemo,
cubierto de una piel dura y pelosa
de un caballo marino que su padre
había muerto en defensa de la madre.

Cuenta, no sé si es fábula, que estando
bañándose en la mar, algo apartada,
un caballo marino allí arribando,
fue dél súbitamente arrebatada
y el marido a las voces aguijando
de la cara mujer, del pez robada,
con el dolor y pena de perdella,
al agua se arrojó luego tras ella.

Pudo tanto el amor, que el mozo osado
al pescado alcanzó, que se alargaba
y abrazado con él, por maña, a nado
a la vecina orilla le acercaba,
donde el marino monstruo sobreaguado
( que también el amor ya le cegaba )
dio recio en seco, al tiempo que el reflujo
de las huidoras olas se retrujo.

Soltó la presa libre y sacudiendo
la dura cola, el suelo deshacía,
y aquí y allí el gran cuerpo retorciendo
contra el mozo animoso se volvía,
el cual, sazón y punto no perdiendo,
a las cercanas armas acudía,
comenzando los dos una batalla,
que el mar calmó y el sol paró a miralla.

Mas con destreza el bárbaro valiente
de fuerza y ligereza acompañada
al monstruo devoraz hería en la frente
con una porra de metal herrada.
Al cabo el indio valerosamente
dio felice remate a la jornada,
dejando al gran pescado allí tendido
que más de treinta pies tenía medido.

Y en memoria del hecho hazañoso
digno de le poner en escritura,
del pellejo del pez duro y peloso
hizo una fuerte y fácil armadura.
Muerto Guacol, Gualemo valeroso
las armas heredó y a Quilacura,
ques un valle estendido y muy poblado
de gente rica de oro y de ganado.

Pasó tras éste luego Talcaguano,
que ciñe el mar su tierra y la rodea,
un mástil grueso en la derecha mano
que como un tierno junco le blandea,
cubierto de altas plumas, muy lozano,
siguiéndole su gente de pelea,
por los pechos al sesgo atravesadas
bandas azules, blancas y encarnadas.

Venía tras él Tomé, que sus pisadas
seguían los puelches, gentes banderizas,
cuyas armas son puntas enastadas
de una gran braza, largas y rollizas;
y los trulos también, que usan espadas,
de fe mudable y casas movedizas,
hombres de poco efeto, alharaquientos,
de fuerza grande y chicos pensamientos.

No faltó Andalicán con su lucida
y ejercitada gente en ordenanza,
una cota finísima vestida,
vibrando la fornida y gruesa lanza;
y Orompello, de edad aun no cumplida
pero de grande muestra y esperanza,
otra escuadra de pláticos regía,
llevando al diestro Ongolmo en compañía.

Elicura pasó luego tras éstos
armado ricamente, el cual traía
una banda de jóvenes dispuestos,
de grande presunción y gallardía.
Seguían los llaucos, de almagrados gestos,
robusta y esforzada compañía,
llevando en medio dellos por caudillo
al sucesor del ínclito Ainavillo.

Seguía después Cayocupil, mostrando
la dispuesta persona y buen deseo,
su veterana gente gobernando
con paso grave y con vistoso arreo.
Tras él venía Purén, también guiando,
con no menor donaire y contoneo
una bizarra escuadra de soldados
en la dura milicia ejercitados.

Lincoya iba tras él, casi gigante,
la cresta sobre todos levantada,
armado un fuerte peto rutilante,
de penachos cubierta la celada.
Con desdeñoso término, delante
de su lustrosa escuadra bien cerrada,
el mozo Peycaví luego guiaba
otro espeso escuadrón de gente brava.

Venía en esta reseña en buen concierto
el grave Caniomangue, entristecido
por el insigne viejo padre muerto
a quien había en el cargo sucedido:
todo de negro el blanco arnés cubierto,
y su escuadrón de aquel color vestido,
al tardo són y paso los soldados,
de roncos atambores destemplados.

Fue allí el postrero que pasó en la lista
– primero en todo – Tucapel gallardo,
cubierta una lucida sobrevista
de unos anchos escaques de oro y pardo;
grande en el cuerpo y áspero en la vista,
con un huello lozano y paso tardo,
detrás del cual iba un tropel de gente
arrogante, fantástica y valiente.

El gran Caupolicán, con la otra parte
y resto del ejército araucano,
más encendido que el airado Marte
iba con un bastón corto en la mano
bajo de cuya sombra y estandarte
venía el valiente Curgo y Mareguano,
y el grave y elocuente Colocolo,
Millo, Teguán, Lambecho y Guampicolo.

Seguían luego detrás sus plimayquenes,
tuncos, renoguelones y pencones,
los itatas, mauleses y cauquenes
de pintadas devisas y pendones;
nibequetenes, puelches y cautenes
con una espesa escuadra de peones
y multitud confusa de guerreros
amigos, comarcanos y estranjeros.

Según el mar las olas tiende y crece
así crece la fiera gente armada;
tiembla en torno la tierra y se estremece,
de tantos pies batida y golpeada.
Lleno el aire de estruendo se escurece
con la gran polvoreda levantada,
que en ancho remolino al cielo sube,
cual ciega niebla espesa o parda nube.

Pues nuestro campo en orden semejante
según que dije arriba, don García
al tiempo de partir puesto delante
de aquella valerosa compañía,
con un alegre término y semblante
que dichoso suceso prometía,
moviendo los dispuestos corazones
comenzó de decir estas razones:

“Valientes caballeros, a quien sólo
el valor natural de la persona
os trujo a descubrir el austral polo,
pasando la solar tórrida zona
y los distantes trópicos, que Apolo
( por más que cerca el cielo y le corona )
jamás en ningún tiempo pasar puede
ni el Soberano Autor se le concede:

” ya que con tanto afán habéis seguido
hasta aquí las católicas banderas
y al español dominio sometido
innumerables gentes estranjeras,
el fuerte pecho y ánimo sufrido
poned contra esos bárbaros de veras,
que, vencido esto poco, tenéis llano
todo el mundo debajo de la mano.

” Y en cuanto dilatamos este hecho
y de llegar al fin lo comenzado,
poco o ninguna cosa habemos hecho
ni aun es vuestro el honor que habéis ganado,
que, la causa indecisa, igual derecho
tiene el fiero enemigo en campo armado
a todas vuestras glorias y fortuna
pues las puede ganar con sola una.

” Lo que yo os pido de mi parte y digo
es que en estas batallas y revueltas,
aunque os haya ofendido el enemigo,
jamás vos le ofendáis a espaldas vueltas;
antes le defended como al amigo
si, volviéndose a vos las armas sueltas,
rehuyere el morir en la batalla,
pues es más dar la vida que quitalla.

“Poned a todo en la razón la mira,
por quien las armas siempre habéis tomado,
que pasando los términos la ira
pierde fuerza el derecho ya violado.
Pues cuando la razón no frena y tira
el ímpetu y furor demasiado,
el rigor excesivo en el castigo
justifica la causa al enemigo.

” No sé ni tengo más acerca desto
que decir ni advertiros con razones,
que en detener ya tanto soy molesto
la furia desos vuestros corazones.
¡ Sús, sús, pues, derribad y allanad presto
las palizadas, tiendas, pabellones
y movamos de aquí todos a una
adonde ya nos llama la fortuna !”

Súbito las escuadras presurosas
con grande alarde y con gallardo brío
marchan a las riberas arenosas
del ancho y caudaloso Biobío;
y en equifadas barcas espaciosas
atravesaron luego el ancho río,
entrando con ejército formado
por el distrito y término vedado.

Mas según el trabajo se me ofrece
que tengo de pasar forzosamente,
reposar algún tanto me parece
para cobrar aliento suficiente,
que la cansada voz me desfallece
y siento ya acabárseme el torrente;
mas yo me esforzaré si puedo, tanto
que os venga a contentar el otro canto.

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La humillación de Felipe II a los Franceses

Asedio_de_San_Quintín

10 de Agosto 1557: en la batalla de San Quintín, las tropas de Felipe II, compuestas por contingentes españoles, flamencos, alemanes e ingleses, derrotan a las francesas de Enrique II.

Desde finales del siglo XV: España y Francia competían por la hegemonía de la Europa occidental. Las fronteras pirenaicas, Navarra y sobre todo , Italia, eran fuente de continuas disputas. La llegada al trono de Carlos V agravó el problema El dominio que ejercía sobre Flandes, Luxemburgo, El Franco Condado y, más tarde el Milanesado hacia que el país galo estuviera cercado por un cinturón de territorios pertenecientes a los Habsburgo que no solo le amenazaban sino que impedían su expansión. Todo ello hizo que la guerra entre ambos estados fuese casi permanente, solo salpicada de breves treguas, más destinadas a reponer fuerzas que no a buscar una paz definitiva.
Francia rompió la frágil tregua que oficialmente existía e invadió Italia, atacando el reino de Nápoles por el duque de Guisa reforzando a las fuerzas papales, que ya combatían al Duque de Alba.

El clima en los campos de Flandes impedía, a diferencia de Italia que la guerra se desarrollase en invierno. Ello dio tiempo al nuevo rey de España ,que desde la abdicación de su padre residía en Flandes, a solucionar graves asuntos económicos, entre ellos la deuda de seis millones de ducados que había heredado. Aparte de renegociarla tuvo que buscar urgentemente dinero , tanto para proseguir la guerra en Italia como para prepararla en Flandes. Pidió ayuda a Juana ,su hermana, gobernadora de España en su ausencia, y a su padre el Emperador que estaba retirado en Yuste.

También viajó a Inglaterra para recabar el apoyo de su enamorada esposa, la reina María Tudor. A pesar de las limitaciones que establecía el convenio matrimonial, ella se las ingenió para darle todo el dinero que pudo(9.000 libras y 7.000 hombres al mando de Lord Permbroke) y , aprovechar meses después la rebelión de un noble apoyado por Francia ,declarar la guerra a Enrique II. Esto permitió a Felipe II disponer de más dinero y sobre todo, de tropas y barcos ingleses. La llegada milagrosa de una buena remesa de oro procedente de América permitió a Felipe II acabar de reunir el dinero necesario para afrontar la guerra.

Poco después, a finales de mes, comenzó la invasión de Francia: 42.000 hombres de los que 12.000 eran jinetes, iba bajo las órdenes del joven general, mientras que Felipe II avanzaba varios kilómetros más atrás, con unos 18.000 hombres de reserva, esperando a las tropas que aún habían que unírseles, en total 60.000 hombres, 17.000 jinetes y 80 piezas de artillería. De todo el ejército solo unos 6.000 hombres eran españoles. Los restantes eran flamencos, saboyanos, italianos y sobre todo, mercenarios alemanes. Entre los ayudantes del duque de Saboya destacaba Lamoral, duque de Egmont, que comandaba la caballería. Nunca antes se le había confiado un mando tan destacado y estaba entusiasmado por entrar en acción.

Tras penetrar en la Champaña, el ejército se dirigió a Rocroi con ánimo de sitiarla, pero sus importantes defensas les hicieron desistir de iniciar un asedio, de modo que siguió merodeando dando la impresión de no saber qué plaza atacar. A unos kilómetros, un ejército francés al mando de Anne de Montmorency, condestable de Francia, seguía sus evoluciones dispuesto a intervenir. Parecía que Gisa sería la ciudad elegida, y el general francés logró introducir en ella abundantes refuerzos, sin que ello pareciera molestar el duque de Saboya. Pero una noche, a principios de agosto ordenó al conde de Egmont dirigirse con su caballería a cercar S. Quintín, localidad de la Picardía francesa, ciudad fortificada a unos 15 km de distancia . La sorpresa era crucial para que el enemigo no pudiese introducir auxilios en la ciudad. Al amanecer se descubrió el engaño: se había logrado cercar una plaza con muy pocos defensores.

el condestable de Montmorency envió a su vanguardia a inspeccionar S. Quintín. Unos 6.000 franceses se acercaron a la orilla del río, mientras el duque de Saboya proseguía el sitio sin darles importancia. Viendo que no era atacado ni molestado en sus tareas de observación, el capitán francés dedujo que las fuerzas de Felipe II no eran tan fuertes como se pensaba. Con esta impresión volvió a su campamento y el ejército galo se dispuso a avanzar.

Los 20.000 hombres del condestable de Francia (6.000 de ellos jinetes, mandados por Nervers) llegaron a la orilla del río tras unas agotadoras marchas y avistaron la ciudad, fue el 10 de agosto de 1.557, festividad de S. Lorenzo. Sus cañones empezaron a batir de inmediato el campamento sitiador, mientras llegaban al rió cientos de barcas que habían requisado para que sus soldados pudieran cruzarlo. El plan era atravesar lo más rápidamente posible el Somme, al oeste de S. Quintín y, que miles de hombres pudiesen reforzar la guarnición de la ciudad. Por desgracia para ellos, el cruce del río en las barcas sobrecargadas, que con frecuencia se varaban en los fondos cenagosos se convirtió en una tarea muy lenta, un nuevo grupo mandado por Andelot, que cruzó con éxito el río, se toparon con los arcabuceros del duque de Saboya, apostados en la otra orilla del río, disparando sobre ellos con total impunidad, causando una cuantiosa matanza. De los que alcanzaron la otra orilla, muchos de ellos lo hicieron heridos y con las armas mojadas. Sólo unos 300 pudieron penetrar en la ciudad, aunque sin armas, suministros o munición, y el mismo Andelot, resultó herido.

Mientras la infantería gala se empantanaba en el río, el duque de Saboya ordenó al conde Egmont y sus jinetes cruzarlo más arriba sin que el enemigo se percatase. Ello fue posible por el escaso caudal que llevaba el Somme en el verano. Se pudo levantar un puente sobre barcas que, camuflado, pasó inadvertido a Montmorency. La caballería cruzó el río, se escondió tras unas colinas y esperó. Después comenzó bien a la vista, a cruzar por un puente más cercano toda la infantería del duque de Saboya que no era indispensable para mantener el sitio, con mil jinetes más. El general francés respondió enviando a su caballería. Había caído en la trampa. Cuando los caballos franceses estaban a punto de acometer a la infantería del rey español, Egmont cargó por la espalda y el flanco de los confiados galos, que se vieron copados entre dos fuegos: los caballeros de Egmont y las fuerzas del duque. El condestable comprendió la treta y mandó hacer retroceder a sus caballos. Después ordenó a su infantería que estaba tratando de cruzar el río, que volviese atrás para hacer frente al ejército del duque de Saboya, que se le echaba encima.

La batalla

A Montmorency solo le quedaba la opción de la retirada. Había calculado mal la opción de su enemigo para cruzar el Somme y ahora solo le quedaba salvar el máximo de fuerzas, confiando en que la ciudad pudiese resistir por sí sola. Pero su infantería estaba muy agotada por los combates en el río , lo que hizo que la marcha fuera muy lenta A la cabeza iban los cañones, detrás los infantes, muchos de ellos heridos, los carros, y, en retaguardia la caballería, que trataba de proteger toda la comitiva. El objetivo era alcanzar los montes de Montescourt, en donde el condestable esperaba reorganizar la defensa.

El duque de Saboya, por su parte, advirtiendo el desgaste enemigo y su lenta retirada, decidió buscar la batalla campal para obtener una victoria rotunda. Ordenó a parte de la caballería de Egmont que se adelantase por los flancos al ejército francés en retirada y se situase delante de los bosques a los que pretendían llegar. De ese modo al cortarles el camino les obligaría a presentar batalla. Mientras tanto, con otras unidades montadas no dejaba de hostigar a la retaguardia francesa lo que forzaba a los galos a detenerse una y otra vez para frenar los ataques.

Por fin, tras tres horas de una agotadora marcha, el ejército francés llegó a las inmediaciones del bosque, pero cuando creían que estaban salvados se detuvieron en seco. Allí estaban 2.000 jinetes cortándoles el paso. El condestable de Francia supo que no le quedaba otra opción que combatir. Su situación era desesperada; era imposible transformar en breve tiempo ,una caravana desorganizada, agotada y en retirada en una formación de batalla. Aun así, logro situar lo que quedaba de su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y él, junto con los veteranos gascones, en retaguardia.

Para no dar tiempo a que se organizase la defensa, empezó el ataque de los 8.000 jinetes de Egmont, con él al frente. Detrás venía la infantería del duque de Saboya que mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Los jinetes atacantes desbandaron a los defensores de los carromatos y cañones, y comenzaron a desgastar a la infantería sin que la exhausta caballería gala pudiese frenar la acometida. Poco a poco los cuadros empezaron a romperse y por sus grietas, irrumpieron las monturas atacante. Los arcabuceros españoles, con sus contantes descargas, destrozaron sin parar las filas galas. Ante el desastre, los 5.000 mercenarios alemanes se rindieron, hecho que coincidió con la llegada a la batalla del duque de Saboya y sus infantes. A Montmorency solo le quedaban sus gascones, que enseguida se vieron castigados por fuego de arcabuz y metralla.

Todo acabó en cuestión de una hora. La carnicería fue espantosa. Los vencidos contaron más de 6.000 muertos, entre los que había 300 prisioneros de la nobleza y entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua, el mariscal de Saint André y Rhingrave, con otros grandes señoresy entre los muertos se hallaba el señor de Enghien y capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los prisioneros fueron 7.000, entre ellos Montmorency, herido, que en vano había buscado el combate personal para morir con honor. Fue capturado por un soldado español de caballería, llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela. Los 5.000 mercenarios alemanes fueron repatriados a cambio del juramento de no servir bajo banderas francesas por un periodo provisional de seis meses. Otros 6.000 lograron escapar aprovechando el fragor de la batalla. Las bajas de las fuerzas de Felipe II apenas fueron de mil hombres, entre muertos y heridos.

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Fuentes: Crónicas de la historia de España II Vol.
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Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XX

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Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase Tucapel muy herido rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia.

Nadie prometa sin mirar primero
lo que de su caudal y fuerza siente,
que quien en prometer es muy ligero
proverbio es que de espacio se arrepiente.
La palabra es empeño verdadero
que habemos de quitar forzosamente
y es derecho común y ley espresa
guardar al enemigo la promesa.

Bien fuera destas leyes va la usanza
que en este tiempo mísero se tiene.
Promesas que os ensanchan la esperanza
y ninguna se cumple ni mantiene;
así la vana y necia confianza
que estribando en el aire nos sostiene,
se viene al suelo y llega el desengaño
cuando es mayor que la esperanza el daño.

De mí sabré decir cuan trabajada
me tiene la memoria, y con cuidado
la palabra que di, bien escusada,
de acabar este libro comenzado;
que la seca materia desgustada
tan desierta y estéril que he tomado
me promete hasta el fin trabajo sumo
y es malo de sacar de un terrón zumo.

¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas
tras las roncas trompetas y atambores,
pudiendo ir por jardines y florestas
cogiendo varias y olorosas flores,
mezclando en las empresas y requestas
cuentos, ficciones, fábulas y amores,
donde correr sin límite pudiera
y dando gusto, yo lo recibiera?

¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, fuego, sangre, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, rizas, crueldades
que al mismo Marte ya pondrán hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?

Mas a mí me es forzoso ser paciente,
pues de mi voluntad quise obligarme;
y así os pido, Señor, humildemente
que no os dé pesadumbre el escucharme.
Quel atrevido bárbaro valiente
aun no me da lugar de disculparme:
tal es la furia y priesa con que viene,
que apresurar la mano me conviene.

El cual, como encerrada bestia fiera,
ora de aquella y ora desta parte
abre sangrienta y áspera carrera,
y por todas el daño igual reparte
con un orgullo tal, que acometiera
allá en su quinto trono al fiero Marte,
si viera modo de subir al cielo,
según era gallardo de cerbelo.

Pero viéndose solo y mal herido
y el ejército bárbaro deshecho,
y todo el fiero hierro convertido
contra su fuerte y animoso pecho,
se retrujo a una parte, en la cual vido
quel cerro era peinado y muy derecho,
sin muro de aquel lado, donde un salto
había de más de veinte brazas de alto.

Como si en tal razón alas tuviera,
más seguras que Dédalo las tuvo,
se arroja desde arriba de manera
que parece que en ellas se sostuvo;
hizo prueba de sí fuerte y ligera,
que el salto, aunque mortal, en poco tuvo,
cayendo abajo el bárbaro gallardo
como una onza ligera o suelto pardo.

Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento
infinidad de tiros le arrojaron,
que, aunque no le alcanzara el pensamiento,
antes que fuese abajo le alcanzaron.
Fue tanto el descargar, que en un momento
en más de diez lugares le llagaron,
pero no de manera que cayese
ni solo un paso y pie descompusiese.

Viéndose abajo y tan herido, luego
del propósito y salto arrepentido,
abrasado en rabioso y vivo fuego,
terrible y más que nunca embravecido,
quisiera revolver de nuevo al juego
y vengarse del daño recebido;
mas era imaginarlo desatino,
que el cerro era tajado y sin camino.

Cinco o seis veces la difícil vía
y de fortuna el crédito tentaba,
que fácil lo imposible le hacía
el coraje y furor que le incitaba:
por un lado y por otro discurría,
todo de acá y de allá lo rodeaba,
como el hambriento lobo encarnizado
rodea de los corderos el cercado.

Mas viendo al fin que era designio vano
y de tiros sobre él la lluvia espesa,
retirándose a un lado, vio en el llano
la trabada batalla y fiera priesa;
y como el levantado halcón lozano
que yendo alta la garza, se atraviesa
el cobarde milano, y desde el cielo
cala a la presa con furioso vuelo,

así el gallardo Tucapel, dejado
el temerario intento infrutuoso,
revuelve a la otra banda, encaminado
al reñido combate sanguinoso.
En esto el bando infiel desconfiado,
de mucha gente y sangre perdidoso,
se retiró siguiendo las banderas
que iban marchando ya por las laderas.

No por eso torció de su demanda
un solo paso el bárbaro valiente,
antes recio embistió por una banda,
tropellando de golpe mucha gente,
y dándoles terrible escurribanda,
pasó de un cabo a otro francamente,
hiriendo y derribando de manera
que dejó bien abierta la carrera.

Quién queda allí estropiado, quién tullido,
quién se duele, quién gime, quién se queja,
quién cae acá, quién cae allá aturdido,
quién haciéndole plaza, dél se aleja;
y en el largo escuadrón de armas tejido
un gran portillo y ancha calle deja,
con el furor que el fiero rayo apriesa
rompe el aire apretado y nube espesa.

De tal manera Tucapel, abriendo
de parte a parte el escuadrón cristiano,
arriba a los amigos, que siguiendo
iban la retirada a paso llano,
con el concierto y orden procediendo,
que vemos ir las grullas el verano,
cuando de su tendida y negra banda
ninguna se adelanta ni desmanda.

Nosotros, aunque pocos, cuando vimos
que a espaldas vueltas iban ya marchando,
de nuestro fuerte en gran tropel salimos
en la campaña un escuadrón formando,
y a paso moderado los seguimos,
de la vitoria enteramente usando;
pero dimos la vuelta apresurada
temiendo alguna bárbara emboscada.

Duró, pues, el reñido asalto tanto
que el sol en lo más alto levantado
distaba del poniente un punto cuanto
estaba del oriente desviado.
Nosotros, ya seguros, entretanto
que remataba el curso acostumbrado,
dando lugar a las noturnas horas
del personal trabajo aliviadoras,

el ciego foso alrededor limpiamos,
sin descansar un punto diligentes,
y en muchas partes dél desbaratamos
anchas, traviesas y formadas puentes;
los lugares más flacos reparamos,
con industria y defensas suficientes,
fortificando el sitio de manera
que resistir un gran furor pudiera.

La negra noche a más andar cubriendo
la tierra, que la luz desamparaba,
se fue toda la gente recogiendo
según y en el lugar que le tocaba;
la guardia y centinelas repartiendo,
que el tiempo estrecho a nadie reservaba,
me cupo el cuarto de la prima en suerte
en un bajo recuesto junto al fuerte;

donde con el trabajo de aquel día
y no me haber en quince desarmado,
el importuno sueño me afligía,
hallándome molido y quebrantado;
mas con el nuevo ejercicio resistía,
paseándome deste y de aquel lado
sin parar un momento; tal estaba
que de mis propios pies no me fiaba.

No el manjar de sustancia vaporoso,
ni vino muchas veces trasegado,
ni el hábito y costumbre de reposo
me habían el grave sueño acarreado.
Que bizcocho negrísimo y mohoso
por medida de escasa mano dado
y la agua llovediza desabrida
era el mantenimiento de mi vida.

Y a veces la ración se convertía
en dos tasados puños de cebada,
que cocida con yerbas nos servia
por la falta de sal, la agua salada;
la regalada cama en que dormía
era la húmida tierra empantanada,
armado siempre y siempre en ordenanza,
la pluma ora en la mano, ora la lanza.

Andando, pues, así con el molesto
sueño que me aquejaba porfiando,
y en gran silencio el encargado puesto
de un canto al otro canto paseando,
vi que estaba el un lado del recuesto
lleno de cuerpos muertos blanqueando,
que nuestros arcabuces aquel día
habían hecho gran riza y batería.

No mucho después desto, yo que estaba
con ojo alerto y con atento oído,
sentí de rato en rato que sonaba
hacia los cuerpos muertos un ruido,
que siempre al acabar se remataba
con un triste sospiro sostenido,
y tornaba a sentirse, pareciendo
que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.

La noche era tan lóbrega y escura
que divisar lo cierto no podía,
y así por ver el fin desta aventura
( aunque más por cumplir lo que debía )
me vine, agazapado en la verdura,
hacia la parte que el rumor se oía,
donde vi entre los muertos ir oculto
andando a cuatro pies un negro bulto.

Yo de aquella visión mal satisfecho,
con un temor, que agora aun no lo niego,
la espada en mano y la rodela al pecho,
llamando a Dios, sobre él aguijé luego.
Mas el bulto se puso en pie derecho,
y con medrosa voz y humilde ruego
dijo: ” Señor, señor, merced te pido,
que soy mujer y nunca te he ofendido.

“Si mi dolor y desventura estraña
a lástima y piedad no te inclinaren
y tu sangrienta espada y fiera saña
de los términos lícitos pasaren,
¿ qué gloria adquirirás de tal hazaña,
cuando los justos cielos publicaren
que se empleó en una mujer tu espada,
viuda, mísera, triste y desdichada ?

” Ruégote pues, señor, si por ventura
desventura, como fue la mía,
con amor verdadero y con fe pura
amaste tiernamente en algún día,
me dejes dar a un cuerpo sepultura,
que yace entre esta muerta compañía.
Mira que aquel que niega lo que es justo
lo malo aprueba ya y se hace injusto.

” No quieras impedir obra tan pía,
que aun en bárbara guerra se concede,
que es especie y señal de tiranía
usar de todo aquello que se puede.
Deja buscar su cuerpo a esta alma mía,
después furioso con rigor procede,
que ya el dolor me ha puesto en tal estremo
que más la vida que la muerte temo;

“que no sé mal que ya dañarme pueda:
no hay bien mayor que no le haber tenido;
acábese y fenezca lo que queda
pues que mi dulce amigo ha fenecido.
Que aunque el cielo cruel no me conceda
morir mi cuerpo con el suyo unido,
no estorbará, por más que me persiga,
que mi afligido espíritu le siga.”

En esto con instancia me rogaba
que su dolor de un golpe rematase;
mas yo, que en duda y confusión estaba
aún, teniendo temor que me engañase,
del verdadero indicio no fiaba
hasta que un poco más me asegurase,
sospechando que fuese alguna espía
que a saber cómo estábamos venía.

Bien que estuve dudoso, pero luego
( aunque la noche el rostro le encubría ),
en su poco temor y gran sosiego
vi que verdad en todo me decía;
y que el pérfido amor, ingrato y ciego,
en busca del marido la traía,
el cual en la primera arremetida,
queriendo señalarse, dio la vida.

Movido, pues, a compasión de vella
firme en su casto y amoroso intento,
de allí salido, me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento,
donde yo le rogué que su querella
con ánimo seguro y sufrimiento
desde el principio al cabo me contase
y desfogando la ansia descansase.

Ella dijo: ” ¡Ay de mí!, que es imposible
tener jamás descanso hasta la muerte,
que es sin remedio mi pasión terrible
y más que todo sufrimiento fuerte;
mas, aunque me será cosa insufrible,
diré el discurso de mi amarga suerte;
quizá que mi dolor, según es grave,
podrá ser que esforzándole me acabe.

” Yo soy Tegualda, hija desdichada
del cacique Brancol desventurado,
de muchos por hermosa en vano amada,
libre un tiempo de amor y de cuidado;
pero muy presto la fortuna, airada
de ver mi libertad y alegre estado,
turbó de tal manera mi alegría
que al fin muero del mal que no temía.

” De muchos fui pedida en casamiento,
y a todos igualmente despreciaba,
de lo cual mi buen padre descontento,
que yo acetase alguno me rogaba;
pero con franco y libre pensamiento
de su importuno ruego me escusaba,
que era pensar mudarme desvarío
y martillar sin fruto en hierro frío.

” No por mis libres y ásperas respuestas
los firmes pretensores aflojaron,
antes con nuevas pruebas y requestas
en su vana demanda más instaron,
y con danzas, con juegos y otras fiestas
mudar mi firme intento procuraron,
no les bastando maña ni artificio
a sacar mi propósito de quicio.

” Muy presto, pues, llegó el postrero día
desta mi libertad y señorío:
¡ oh si lo fuera de la vida mía !
Pero no pudo ser, que era bien mío.
En un lugar que junto al pueblo había
donde el claro Gualebo, manso río,
después que sus viciosos campos riega,
el nombre y agua al ancho Itata entrega,

allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente conmigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.

” Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.

” Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.

” Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,

” Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,

” cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego )
se levanto entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.

” El cual dijo: – Señora, ¿ no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano ?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,

” aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.

” Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;

” Pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.

” En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: – Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:

” que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,

” y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
de reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierta espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.

” Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: – Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.

” Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
y sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.

” Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.

” Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.

” Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.

” Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.

” Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.

” Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.

” Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.

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